¿Y qué quedó de Anel?

Hoy quiero hablarles de Anel Noreña, ex-modelo, actriz y esposa de José José. No hace mucho, Netflix subió la serie basada en la vida del famosísimo cantante y sus capítulos no han hecho más que perjudicar mi productividad laboral, ¡porque es muy buena! En fin, para no desviarme del tema, hubo una escena en particular que me dejó pensando mucho y justamente es protagonizada por la versión “marchita” de Anel. Para ponerlos en contexto, la serie comienza con una hermosa y veinteañera Anel que brilla en los escenarios y la vida social. Es una pelirroja que acapara miradas a donde va, muy coqueta, superficial, alegre y de gran desplante que termina convirtiéndose en uno de los amores de José José. La serie avanza, también los años en la historia, y ahora Anel es una madre con sobrepeso que se niega a aceptar su nueva imagen. Su relación de pareja no funciona y en su despecho, le apuesta a su amigo Mauricio que puede llevarse a la cama a cualquier hombre de la fiesta en que se encuentran ambos.

Se escoge la víctima, un embajador italiano, y Anel ataca con su coquetería. Animada por un trago y toda sonrisas, la mujer seduce con palabras en italiano y revoloteos de pestañas, pero nada pasa. Para el italiano, Anel es solo una gordita patética que se la ha pasado la mano con el alcohol y la rechaza. Por supuesto, la performance estuvo decadente, pero también lo era cuando Anel era joven, flaca y bonita. Al final, queda al descubierto que realmente no importaba lo que dijera o hiciera la pelirroja, sino el premio que representaba llevársela a la cama.

Qué mal, no? 🙁

Y pues, no dejo de pensar en la belleza de las mujeres sin dejar de compararlas con una sobredosis de azúcar que te hace sentir increíble, pero dura poco, por más cremas y cirugías que nos echemos encima. Pienso en las chicas Instagram que publican fotos suyas casi sin ropa junto a frases motivaciones y si seguirán haciéndolo cuando en su vida solo queden los mensajes de auto-ayuda. Porque aunque la misma edad que nos llena de arrugas, también nos transforma en un lienzo blanco frente a los demás. Nuestros rasgos y figura quedan atrás, dando paso a lo que guardamos en nuestro interior. ¿Cómo nos pillará a cada una de nosotras este momento?¿Estaremos rodeadas de gente que sea capaz de percibir ese tesoro? Y más importante aún: ¿sabremos valorarnos sin importar lo que digan los demás? Para que cuando nos tilden de “señoras”, algo no duela en nuestro interior.

A pesar de que se ponen feos, pelados y gordos, los hombres “mejoran con la edad”. Socialmente lo aceptamos y, en general, estamos en paz con el asunto. Pues a mí me gustaría que se pensara lo mismo con las mujeres y que las canas y las patas de gallo también nos hicieran más atractivas. Que como el vino, nos pusiéramos mejor con los años. Y que si la escena tuviera que repetirse, el embajador italiano le diera una oportunidad a Anel. O al menos se diera cuenta de la mujer que se estaba perdiendo.