Tú siempre de hueón – Maldita Jefa

A la mañana siguiente desperté con un cansancio horrible, como si hubiera dormido con un pijama de plomo sobre el cuerpo. Si ya me desvelaba con facilidad pensando en el trabajo, ahora sufría las consecuencias de pasar toda la noche sin dormir, reviviendo una y otra vez la pelea del día anterior con mi marido.

“Hola, sí, Berta. Te llamaba para contarte que no me siento muy bien. Preferiría quedarme en cama…”

“Hola, Berta. Parece que me resfrié. Sí, tengo fiebre. Voy a pedir hora al doctor, te aviso cómo me va…”

Cuando ya estaba por inventar la tercera excusa, me di cuenta de la inutilidad del ejercicio mental que estaba haciendo. Me moría de ganas por quedarme en cama, pero por el bien de mi relación conyugal llegué a la conclusión de que lo mejor era salir a trabajar. Sin duda, era lo más inteligente que podía hacer, considerando que estaba peleada con un diseñador que trabajaba desde la casa.

Apagué la alarma del celular y me quedé mirando a Marcelo por largos minutos, un poco hipnotizada por su capacidad para dormir tan profundamente. No sé si será una condición de la adultez, pero lo cierto es que extrañé la juvenil posibilidad de arreglar nuestras diferencias con un fogoso encuentro en la cama. Obviamente, mal no lo íbamos a pasar, pero lo cierto era que ya nos conocíamos demasiado bien como para saber que todo seguiría igual con o sin sexo. Afortunadamente, el origen de nuestras discusiones no se encontraba ahí, sino en eso que ocurría de las puertas para afuera. Supongo que eso era bueno después de todo.

¿Renunciar?¿Mandar a Berta a la mismísima punta del cerro?¿Presentar licencia médica? Con el agua de la ducha dándome en la cara, barajaba las posibilidades que ya no me parecían tan descabelladas como antes.

–Ah, disculpe…permiso, gracias….permiso, ¿podría colocarme ahí?

Unos cuarenta minutos más tarde, cuando luchaba por mis centímetros de espacio en un vagón de metro, me di cuenta que no estaba llegando a ninguna decisión que me dejara satisfecha. O que al menos a una que no significara el despido inmediato.

–¡¡Ahhh!!¡Se acabó!¡ No voy a dejar que esta yegua me siga cagando la vida! – dije mientras trataba de abrirme paso para poder salir del metro antes de que se cerraran las puertas. Una gordita me lanzó una mirada llena de odio, segura de que me refería a ella y a su habilidad para obstaculizar la salida, pero la verdad yo solo sufría las consecuencias del cansancio que me hacía hablar en voz alta, como la gente loca.

Sin estrategia y sin la valentía para tomar una decisión radical, finalmente opté por recurrir a lo que más tenía a la mano: mi actitud. ¡Ya estaba bueno de ser un pollito asustado! Mal que mal, comparado a perder al marido, arriesgarme a perder el trabajo por una postura más radical bien valía la pena. Y así me lo propuse, con pequeños gestos que esperaba marcaran la diferencia en la jornada laboral que recién comenzaba.

Mi llegada a la oficina fue las 9:20 horas. Con el primer paso dentro de la empresa, me erguí para crecer al menos dos centímetros y saludé a las recepcionistas de beso y conversación mañanera. La fuerza de la costumbre tiraba fuerte, pero resistí la tentación de salir corriendo por los pasillos para llegar a mi puesto, dejar la cartera sobre el escritorio, prender el laptop y anunciar eufórica: “¡Llegué, llegué!”. Por eso, tragué saliva y me di ánimos para dirigirme hacia el pasillo de manera calmada y segura. ¡Ya estaba bueno de tanta ansiedad! ¿Acaso había visto alguna vez correr a Berta cuando llegaba atrasada al trabajo? No, no señor, ¡nunca! Entonces, yo tampoco tenía que hacerlo.

Como corcel de desfile, seguí caminando con pasos lentos y parsimoniosos. Fue así como llegué a la oficina, donde ya se encontraba Berta verificando la hora de llegada de su equipo, acción que encubría con saludos de buenos días. Apenas la vi, mi colon se infló del susto, pero seguí firme en mi propósito. Después de prometerle al asustado intestino algunos shots de “viadil”, me dirigí a mi puesto sonriendo con la gracia de un elfo.

– Buenos días, Laura. ¿Todo bien? – exclamó Berta al verme.

– Todo muy bien, Berta. Muchas gracias – respondí con serenidad, mientras colocaba mi cartera delicadamente sobre el escritorio.

–¿Ah, sí? Que bueno…– dijo la doña que se dejó saludar por la empleada que tan descaradamente había llegado tarde. –¿Puedes venir a mi oficina cuando estés lista?

– Por supuesto, Berta. Dame 10 minutos y estoy allá.

La doña se alejó del lugar, sin antes mirarme de reojo. Su confusión era obvia y no podía culparla por eso. ¿Qué habría hecho la Laura de antes? Llegar agitada y pidiendo perdón sin que se lo pidieran. Y si la ceremonia de auto castigo incluía un whatsapp llorón anticipando la falta, mucho mejor para la jefa. Sin embargo, nada de eso pasó y Berta lo notó rápidamente.

Logro desbloqueado: “no correr”. Era algo pequeño, pero tremendamente esperanzador en cuanto al nivel de ansiedad al que me había acostumbrado a experimentar.

– Laura, dime ¿qué te pasa?

No había hecho más que entrar a su oficina y Berta ya me estaba preguntando por…

– Tu actitud, Laura. ¿Estás enferma?¿Peleaste con tu marido?

Abrí el cuaderno que tenía en mis manos solo para aclarar mis ideas. “El que se enoja, pierde” era un consejo que Marcelo solía recordarme cada vez que le hablaba de mis roces con muñeca brava y que me parecía más que adecuado para la situación. Levanté la vista y por primera vez comprendí que ella solo quería provocarme para tener una excusa que le permitiera dar un sermón o hablar mal de mí a mis espaldas.

–¿Ah?¿Yo? No pasa nada, Berta. Todo está bien, gracias – le respondí, alcanzando el hermoso equilibrio de una respuesta neutra, cuando antes solo me permitía dos alternativas absolutamente perdedoras: sonreír como idiota o hacer un puchero.

– Ay, es que yo no te veo nada bien – insistió la doña.

Información es poder y yo ya no estaba dispuesta a proporcionar a la doña ni un dato más que después pudiera ocupar en mi contra.

– En serio, Berta. Dime, ¿para qué me necesitabas? – le dije a la jefa para recordarle el verdadero motivo de la reunión. Sonreí por mi segundo triunfo moral y elevé mis pensamiento a San Coco Legrand y a su gran máxima: “Tú siempre de hueón”.

– Pues, sí. – contestó resignada la jefa. – Lo que pasa es que Juan Pablo Gominolla ahora quiere…

La frase tuvo que quedar a la mitad porque de la nada se abrió la puerta y apareció en escena José Alberto Sotomayor, el Gerente de Operaciones, quien literalmente se abalanzó en dirección a Berta.

-¡¡OOOOOOOOHHH, BERT…!!– exclamó el ejecutivo con la intensidad de Marco al haber encontrado a su madre perdida, un grito desesperado que se apagó cuando el hombre se percató que yo también estaba en la sala.

– …TAAAAaaaaaaa.

Desconcertado con el personaje invitado, el hombre detuvo su galopar bruscamente para mostrar una actitud más relajada, apuntando su beso a la mejilla de Berta, cuando era obvio que su objetivo era la boca. La doña se rió como una colegiala, bajándole absolutamente el perfil a la interrupción. Luego me presentó con el frustrado gerente.

– Hola, José Alberto. Mucho gusto. Por fin, nos conocemos…– saludé amablemente.

¡Chiquititos!¡Tan transparentes! La parejita se puso roja, luego se rieron nerviosos y cuando las neuronas de Berta finalmente despertaron, atinó a preguntar lo que yo no podía responder.

–Ay, ¿¿pero por qué dices eso???

–Solo porque no había tenido la oportunidad de conocer a Juan Alberto personalmente, nada más.

El parcito volvió a reír nerviosamente, deseosos que yo también lo hiciera y todo quedara entre amigos. Sin embargo, ahí estaba yo, con “cara de nada”, esperando que el show terminara.

–Bueno, Berta, te paso a buscar a las 17:00 horas para nuestra reunión. Nos vemos en la tarde–dijo el hombre que se retiró por la puerta como un ratoncillo asustado. Pude notar como Berta seguía con la mirada al patas negras por el que había dejado a su marido y que luego la pasaría a buscar para una “reunión”. Yo también seguí al sujeto con la vista y al no encontrarle ni un brillo, supuse que su encanto debía encontrarse en lo profundo…de su billetera.

–Dicen los rumores que pronto van ascender a Juan Alberto a socio de la empresa–comentó Berta sin que nadie le preguntara. “Ah, dinero y estatus”, me corregí mentalmente ante la nueva información.

Y por fin, comenzó la reunión que nos había convocado. El motivo era la encuesta de compromiso 2017 recién lanzada, cuya participación era voluntaria para todos los empleados de la compañía. Sin embargo, ante la baja participación que mostraba del sondeo, Juan Pablo Gominolla ,nuestro microscópico gerente general de Recursos Humanos, vio amenazado su sustancioso bono por desempeño y solicitó con suma urgencia que la encuesta que era “voluntaria” ahora se volviera obligatoria. Digamos que de “compromiso” solo quedaba la del chiquitín por el bono prometido.

–Enviaremos correos firmados por el presidente para que los jefes de área vean que hablamos en serio y nos apoyen con la encuesta dentro de sus equipos. ¿Puedes empezar a escribir estos textos, Laura? –demandó Berta sin dejar de mirarme con sus ojos reptilianos porque ella sabía que la orden no me gustaría para nada.

Le devolví la mirada y en ese preciso instante di por muerta la poca vocación laboral que me quedaba por el puesto.

–Está bien, Berta.

Desde ahora trabajaría en automático, ejecutando lo que me pidieran mientras no afectara mi horario o implicara funciones extras. Ya no lucharía contra la corriente, ya no me desgastaría en peleas por “el bien de la empresa” ni en esfuerzos por sacar la pega con “nota máxima”. Definitivamente, ya no quería “crecer” profesionalmente en un lugar que no valía la pena.

–Preparo esos correos ahora mismo.

Y así lo hice. Cuando terminó el día y llegué a mi hogar, por primera vez en mucho tiempo pude conversar con mi marido de algo que no fuera trabajo y dormir plácidamente en la noche. Por fin la pega quedaba puertas afuera.

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