Transformers – Maldita Jefa

Cuando era pequeña disfrutaba con la serie animada de los Transformers. Cantaba su canción como podía y esperaba siempre ese mágico momento en que el peligro acechara y estos seres extraterrestres mutaran en automóviles, camiones, motos y cuánto hay. Por supuesto, a tan corta edad ya entendía que algo así era propio de Cybertron, porque semejante poder de transformación no podía existir en el planeta Tierra. ¡Ah, la ingenuidad de los primeros años!¡Quién diría que más tarde tendría la oportunidad de conocer a más de un espécimen robótico en el trabajo!

Mi primer encuentro con un Decepticon , lo recuerdo bien, se dio durante una intensa reunión para los preparativos de un magno evento. Estábamos todos como locos en esa sala y yo, torpe humana, no alcancé a atender la importante llamada de uno de los invitados. Y Berta lo supo.

– Laura – dijo Berta y juraría haber visto una lengua bífida asomarse por su boca–¿Puedes acompañarme un momento?

Se produjo un silencio incómodo en la sala. Los presentes nos miraron y Berta sonrió aún más, como para que apurara el paso.

– Obvio – respondí y mi estómago se hizo bolita. ¿Así es como se sentirán los corderitos cuando los llevan al matadero?

Ya encerradas en su oficina, y lejos del importante comité que nos ayudaba a organizar la fiesta (porque eso era, no me vengan con lo de “Encuentro de Líderes”), la sonrisa de Berta se evaporó para transformarse de una lluvia de recriminaciones. “¿Cómo puedes ser tan incompetente?”, “¿Cómo se te puede haber pasado la llamada? y hasta un “No entiendo para que te contraté” salieron de su boca. Pálida, opté por no decir nada y aguantar la tormenta siempre digna, aunque ganas no me faltaron para echar uno que otro lagrimón. Dirigía la vista al celular que tenía en mis manos, pero el muy desgraciado me contestaba: “A mí no me mirí…” Vaya que estaba tan enojada la señora, tanto así que sugerir devolver la llamada al número me pareció hasta peligroso.

Una vez que Berta vomitó su estrés sobre mí, volvimos a la sala de reuniones. Y de repente, escuché esa voz metálica en el aire: TRANS-FOR-MER. Sin aviso, sentí las manos de Berta apoyadas sobre mis hombros, mientras con su tono más dulce y mieloso exclamaba frente a todos:

–¿Ustedes saben lo talentosa que es Laura? Miren este sweater que está usando. Lo hizo ellaaaa, ¡qué lindoooo!

¿Quién hablaba ahora?, pensaba para mis adentros, mientras mis neuronas se reventaban unas contra otras. La misma mujer que me había ocupado de saco de arena ahora me halagaba frente al grupo. Y, ¡zas! ¡la iluminación llegó! La faceta maldita jefa asomaba su fea nariz con el propósito de ocultarle al resto lo mal que trató a su asistente. ¡Vamos, celebremos el sweater de Laura y olvidémonos de que fue a ella a la que dejé como chaleco de mono!

Pasado un tiempo, cuando pensaba en esta situación, comencé a creer que exageraba o que incluso me lo había inventado. Menos mal que Constanza, la asistente más joven del grupo, también presenció al Decepticon y compartió su experiencia conmigo. Su encuentro fue al comienzo de otra reunión, me confesó, a la que ella fue invitada de muy malas ganas por Berta. “Toma apuntes, ¿quieres?”, le dijo de una manera tan dura que más que pedirle un favor, le tiró un escupo.

Con papel y lápiz en mano, Cony estaba presta a cumplir la noble misión que le habían encomendado. Desempeño brillante el suyo hasta que apareció el Gerente de Operaciones y el aire se puso, como decirlo, metálico. “TRANS-FOR-MER”, se escuchó en la sala y Berta cambió a Porno-Berta para seducir a tan distinguido caballero con tonos y movimientos imposibles de reproducir sin quedar seleccionado para la mansión Playboy. A pesar de todo, Cony quiso mantener su propósito y como pudo siguió tomando notas hasta que la jefa se mandó una cruzada de piernas a lo más “Bajo Instintos” y ahí la pequeña asistente no pudo seguir escribiendo. En realidad, nadie pudo, pero a la única que retaron después por no hacerlo fue a ella.

Sí, los transformers existen y están entre nosotros. En mi oficina, tocó trabajar para el malvado Megratron, lamentablemente, pero con un poco de práctica, mi equipo y yo logramos finalmente sacar nuestro Optimus Prime interior y sacar ventaja de este tipo de situaciones. Así, cada vez que escuchábamos el llamado de transformación en la oficina, lo aprovechábamos para pedirle a Berta un favor o al menos para decirle algo que no sería de su agrado. Para no quedar mal, el Decepticon de tono cantandito sonreía y nos decía a todo que sí, tratándonos casi como si fuéramos sus hijas.

Oh, dulce venganza.

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