Todo sea por la plata – Maldita Jefa

Sentada frente al computador, mis ojos se pasean por la casilla del Outlook y los correos pendientes por revisar. Palabras, letras, números que pasan por mis ojos, pero que no logro asimilar en lo más mínimo. ¿Cuándo mi mundo comenzó a girar en torno a una maldita jefa? Con la pregunta, tomo un nuevo sorbo de café para obligarme a despertar y contestar la interrogante.

Pronto recuerdo que no es la primera vez que me enfrento a una superiora loca y la coincidencia me hace suspirar. Otro sorbo de café y una nueva pregunta golpea la puerta: ¿cuándo el viernes se volvió el día más feliz de la semana? Al pensar en ello, no pude evitar revivir la desesperanza que arrastraba antes de encontrar mi trabajo actual, el que tomé bajo la exclusiva filosofía del dinero. Mi búsqueda vocacional, el propósito de la vida que se supone todos debemos seguir, había muerto después de tantos malos ratos, malos compañeros y malos jefes. Así que respiré profundo y repetí mentalmente el mantra que me había autoimpuesto desde el primer día en esta empresa: ¡vamos que se puede, Laura! Plata y antigüedad laboral para el departamento nuevo…plata y antigüedad laboral para el departamento nuevo. El casado, casa quiere dice el dicho y yo que recién llevaba tres meses de sagrado vínculo, me había tomado este refrán como el más sagrado de los propósitos.

Clic por aquí, clic por allá en la casilla de correos. Menos mal que era una mañana tranquila para pensar y…

–¡CHICAS, A LA SALA DE REUNIÓN! – rugió Berta, quien apareció de la nada en nuestra oficina. Del puro susto me atoré con el café y empecé a toser sin parar, generando la música de fondo para la escena. – A-HO-RA– exclamó al comprobar que lo mío no era de muerte y que perfectamente podía mover los pies.

Como si nos hubiera dado la corriente, todas nos levantamos en el acto y fuimos tras ella, con la cabeza baja y en silencio, como fieles detrás de su líder religioso. Mientras caminaba mirándome los pies, otra pregunta hizo su aparición: ¿cuándo fue que me convertí en un minion?

Nos encerramos en la sala de reuniones más deprimente del piso, de esas que tiene paredes grises, manchadas, y poca luz. Berta comenzó a rascarse el cuello hasta dejárselo rojo y miró la puerta por última vez, convencida que estaba bien cerrada para poder hablar.

– En unos minutos viene para acá Juan Pablo Gominolla, el nuevo gerente de proyectos especiales de Recursos Humanos – dijo de muy mal humor y mala forma, como si el nombre le supiera a mierda–: Por favor limítense a responder lo que él les pregunte y una vez terminada la reunión, todo lo ven directamente conmigo, ¿ok? Nada de hablar con él – remató con descaro, mientras yo revisaba las esquinas de la habitación en busca de cámaras escondidas. ¿De verdad un jefe puede pedirle algo así a sus subordinados?

Hecha la solicitud, alguien tocó la puerta, la que se abrió sin dejar pasar a nadie. A excepción de Berta, el hecho nos pareció de lo más extraño a todas, convencidas de que no había ningún fantasma invitado a la fiesta. Se escucharon unos pasos y de uno de los asientos surgió un pequeño hombrecillo de tez clara y pronunciada calvicie. Nos miró con ojos risueños y amplia sonrisa, mientras saludaba agitando su mano.

– Mucho gusto, chicas. Soy Juan Pablo Gominolla – se presentó entusiasmado el nuevo gerente. No me atreví a mirar por debajo de la mesa, pero estoy segura de que en esos instantes, él también movía energéticamente sus patitas, las que seguramente colgaban de la silla.

En instantes, la sala en la que nos encontrábamos empezó a adquirir ciertos tonos. Juan Pablo nos habló de sus experiencias anteriores, haciéndonos reír con anécdotas y chistes. De reojo, miraba a Berta, quien no dejaba de revisar su celular para aliviar la tensión, resoplando cada vez que alguien sonreía en la sala. ¡Ni siquiera el poder transformer estaba con ella! Sinceramente, extrañé no contar con palomitas para disfrutar aún más de la escena.

Transcurridos treintas minutos exactos de reunión, el celular de Berta sonó con una llamada urgentísima de José Miguel, la que obligaba a terminar la junta rápidamente. En honor a la verdad, nadie escuchó el bendito teléfono, pero los ánimos no estaban como para contradecir a muñeca brava que salió galopando de la sala. La siguieron mis compañeras y curiosamente, solo quedamos Juan Pablo y yo.

– Háblale sobre Berta, cuéntale la verdad– sonó fuerte y claro una vocecita en mi cabeza, muy parecida a esos llamados de auxilio que se han encontrado en etiquetas de ropa, mensajes de trabajadores esclavizados por grandes compañías textiles. Tragué saliva y mi corazón se agitó ante la posibilidad de contar con un aliado frente a la tirana. Vacilé; el pequeño gerente parecía comprensivo y cercano, pero apenas lo conocía. Además, ¿qué era ese invento de “proyectos especiales”? Si se trataba de un cargo importante encubierto, tal vez estaba frente a la oportunidad de tener un partner poderoso. “La sinceridad gana premio”, había dicho él durante la reunión. Parece que había llegado el momento de comprobar si eso era cierto.

–Juan Pablo…

–¿Sí, dime…?

Me estaba costando tanto hablar que más que un llamado de auxilio, parecía que estaba haciendo una confesión de amor.

–Sobre esa experiencia que comentaste. Eso de los malos tratos…

Hice una pausa, tragué saliva y…el celular de Juan Pablo comenzó a sonar. “José Miguel” pude leer en la pantalla antes de que chiquitín respondiera la llamada con un rápido “después hablamos” y desaparecer a paso veloz, igualito a cómo se movía Pablo Mármol de los Picapiedra.

Como un saco de papas, me desplomé en el asiento del puro cansancio, sin dejar de recriminarme por la oportunidad perdida. Acercarme a él sin que supiera Berta no iba a ser nada fácil.

Capítulo anterior: El lado humano de los jefes

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