¡¡Libertad!! – Maldita Jefa

“Yo soy Laura, coordinadora de comunicaciones y defensora de los secretos de la intranet corporativa.

Ella son Pamela, Clarita, Cristina y Pony, mis queridas compañeras de equipo.

Fabulosos y secretos poderes nos fueron otorgados el día en que levanté en alto mi dedo y dije: ¡HASTA CUANDO NOS HUEVEAN!

¡YO SOY UNA PROFESIONAAAAL! (Laura exclama llenándose de poder, el que dispara como un rayo sobre su equipo de trabajo)

Mis compañeras se convierten en colaboradoras súper poderosas y yo me transformo en LA-U-RA, la empleada más peligrosa del universoooo…” Seguir leyendo

Rehabilitación laboral – Maldita Jefa

La decisión de trabajar en automático me obligó a replantear muchas cosas y aceptar otras tantas. Diría que la más importante fue tomar conciencia que le había agarrado “gustito” a sufrir y que me tomaría un buen tiempo rehabilitarme. Con vergüenza, tuve que reconocer que trabajar para una maldita jefa había hecho que mi vida fuera, digamos, más interesante al poder contar siempre con un archivo mental repleto de injusticias, llantos, adrenalina e incertidumbre para deleitar a seres queridos y amigos. En cada reunión social, en cada encuentro con una cara conocida, esperaba con ansiedad ese “¿cómo estás?”, “¿cómo te ha ido?”, para responder con lo más sabroso de mi repertorio que solía empezar casi siempre con la misma introducción.

–¡Ah, no sabes nada! El otro día, mi jefa… Seguir leyendo

Tú siempre de hueón – Maldita Jefa

A la mañana siguiente desperté con un cansancio horrible, como si hubiera dormido con un pijama de plomo sobre el cuerpo. Si ya me desvelaba con facilidad pensando en el trabajo, ahora sufría las consecuencias de pasar toda la noche sin dormir, reviviendo una y otra vez la pelea del día anterior con mi marido.

“Hola, sí, Berta. Te llamaba para contarte que no me siento muy bien. Preferiría quedarme en cama…”

“Hola, Berta. Parece que me resfrié. Sí, tengo fiebre. Voy a pedir hora al doctor, te aviso cómo me va…”

Cuando ya estaba por inventar la tercera excusa, me di cuenta de la inutilidad del ejercicio mental que estaba haciendo. Me moría de ganas por quedarme en cama, pero por el bien de mi relación conyugal llegué a la conclusión de que lo mejor era salir a trabajar. Sin duda, era lo más inteligente que podía hacer, considerando que estaba peleada con un diseñador que trabajaba desde la casa.

Apagué la alarma del celular y me quedé mirando a Marcelo por largos minutos, un poco hipnotizada por su capacidad para dormir tan profundamente. No sé si será una condición de la adultez, pero lo cierto es que extrañé la juvenil posibilidad de arreglar nuestras diferencias con un fogoso encuentro en la cama. Obviamente, mal no lo íbamos a pasar, pero lo cierto era que ya nos conocíamos demasiado bien como para saber que todo seguiría igual con o sin sexo. Afortunadamente, el origen de nuestras discusiones no se encontraba ahí, sino en eso que ocurría de las puertas para afuera. Supongo que eso era bueno después de todo. Seguir leyendo