Secretaria, secretaria – Maldita Jefa

Aún si son escasos, también hay días agradables en el trabajo. Son esos, por ejemplo, que comienzan con un rico café y un quequito, como el que me regaló la adorable Cony, la última en unirse a nuestra manada con un cargo medio inventado, de esos que justificaban pedirle todo tipo de tareas esclavo-administrativas y que Berta, a.k.a. “maldita jefa” o “muñeca brava”, trapeara el piso con ella cuando andaba de malas. Es decir, casi todo el tiempo.

Sólo la conocía hace tres meses, pero de alguna manera le había agarrado mucho afecto a Cony, que de cariño apodaba como “Pony” en alusión a esos tiernos caballitos que pregonan la amistad y paz por el mundo. Supongo que ella me recordaba a mí cuando, más que pony, era un pollo temeroso en un tanque de tiburones en traje de dos piezas, sin nadie que me defendiera.

Bueno, todo eso pasaba por mi cabeza mientras disfrutaba el desayuno improvisado cortesía de mi compañera de trabajo.

– Pony, este queque marmolado está exquisito. ¡Gracias por alegrar mi desayuno!

– De nada, Laura. Qué bueno que te gustó. – respondió Pony con una tímida sonrisa –Tengo más si quieres. Es que traje para todas. – dijo mientras me servía otro pedazo.

– Ahh, qué bien. Eso significa que ya le llevaste un pedacito a Carmencita.

–¿Qué? No, no pienso hacerlo. Si esa señora es tan pesada. Prefiero no acercarme mucho a ella– declaró con vehemencia.

Escuché esto último y no pude evitar atragantarme con el dulce bizcocho que bajaba por mi garganta. ¡Pobre e inocente, Cony! Sin darse cuenta, estaba cayendo en un oscuro abismo laboral del que le sería muy difícil salir si no reaccionaba a tiempo. Como asistente-analista-secretaria-y no sé que más en Recursos Humanos era primordial que ella estableciera relaciones diplomáticas con Carmencita Muñoz, secretaria y feroz guardiana del área financiera desde hace 20 años. Una mujer ruda, fuerte (fea) y capaz de hacerle la vida imposible a todo aquel que osara tratarla con indiferencia. Un enemigo que nadie quisiera tener.

–¿Todavía te queda queque? – pregunté luego de recuperar el aliento.

– Sí, mira, aquí tengo más y… – me contestó Pony a medias, porque de un solo tirón la agarré del brazo y me la llevé al tercer piso, al Olimpo, a la gerencia donde también trabajaba Carmencita.

Cruzamos mamparas, cubículos y escritorios en una jungla que se hacía cada vez más espesa y solitaria a medida que nos acercábamos al área financiera. Con dificultad, logramos llegar a la explanada llamada cafetería, luego de esquivar unos monos que preguntaban por fotocopias y comprobar que la requerida secretaria no se encontraba en su puesto de trabajo.

–Sandrita, ¿sabrás dónde está Carmencita?

–Sí,  ella está en Contabilidad con Ximenita. – respondió una de las rubias asistentes que integraban el área de Relaciones Públicas, ignorante del poder destructor contenido en el nombre que acababa de pronunciar.

¡Oh, no, Ximenita Cáceres! Secretaria con 15 años institucional en el cuerpo y segunda al mando, era otro peso pesado que junto a Carmen hacían y deshacían contra quien osara meterse en sus territorios. Como seguramente palidecí, Pony me preguntó que pasaba, pero preferí no entrar en detalles y primero asegurarme de cómo se llevaba ella con la susodicha.

–Tampoco conozco a Ximena. Es ruidosa y se la pasa pintándose las uñas. Trato de evitarla siempre – me explicó Pony para rematar con algo que seguramente no podía asimilar en su tierna juventud. –¿Por qué a todas estas viejas las tratan con diminutivos?

Respiré hondo, la situación era grave. Si Pony apenas trataba con las “Generalas”, lo más seguro es que ya la tuvieran en la lista negra, atentas al menor descuido para proponerla en la próxima reducción de personal por “necesidades de la empresa”. Basta, era momento de pensar con la cabeza fría. Luego de tranquilizarme, miré el lado positivo de todo esto y me enfoqué en matar dos pájaros de un tiro.

Detrás de unos espesos matorrales, por fin encontramos a las mujeres sacando la vuelta cerca una máquina de café. Así que revisé los queques y le hice una última advertencia a Pony: “Sólo sígueme el juego”. Seguro me vio tan seria que no dudo en hacerlo y hasta se persignó. Seguimos avanzando hacia ellas por un sendero de antorchas que iluminaban las calaveras de los caídos en combate. La primera en vernos fue Ximena, quien rápidamente se puso en posición de combate. Sin embargo, Gran Carmencita la detuvo en el acto solo con elevar una ceja. Luego, dirigió su mirada hacia mí, lo que interpreté como una señal para poder hablar. Y así, conversamos en un diálogo cuya esencia transcribo a continuación.

– ¡Oh, Carmencita! Nos arrodillamos ante tu poderosa presencia para saludarte y solicitar tus bendiciones– clamé sin osar mirarla a los ojos, lo que se hubiera interpretado como una clara falta de respeto.

– Humm – dijo Carmencita sin gesticular gran expresión. Ximenita, por su parte, no dejó de mostrar los dientes y de apretar la lanza contenidas en sus manos.

–Sin ánimo de quitarle más de su valioso tiempo, Constanza procederá a exponer el motivo de nuestra visita – dije mientras retrocedía para darle el pase a Pony, quien no reaccionaba por el miedo. – Constanza, las ofrendas – insistí, dándole un leve empujoncito.

–Eh, sí, ….eh, yo les traje unos quequitos – tartamudeó la jovenzuela, estirando los brazos lo que más pudo, así como para salir corriendo en caso de ataque.

Ximena fue la primera en recibir los manjares y los olfateó pausadamente, seguramente para detectar si tenían veneno. Luego, se lo pasó a la suprema líder para su degustación, quien agarró un bocado y se lo llevó lentamente a la boca. Luego, el silencio absoluto. De reojo, miré a Pony y busqué la salida más cercana, temiendo lo peor.

–¡Pero que….! – exclamó Carmencita de la nada y nuestros corazones saltaron – ¡Pero que chiquilla más amorosa, ¿no te parece, Ximenita? – declaró la todavía señorita a su compañera de armas, para acercarle un pedazo de dulce.

–Rico, en verdad. – sentenció Ximena sin dejar de comer con la boca abierta.

–Esta chiquilla debería venir más seguido por acá. Apenas la vemos – sentenció la líder, dejando claro que la niña ya contaba con historial en sus registros.

–Tienen que disculparla, es que recién lleva tres meses en la institución. Todavía anda media perdida– aclaré inmediatamente, y Pony escondida en mi espalda asintió en señal de apoyo.

–Por supuesto, por supuesto – sentenció Carmencita llevándose la mano a la barbilla, sonriendo maliciosamente, al igual que Ximenita.

Después de eso, nos fuimos rápidamente, no sin antes hacer varias reverencias hasta la salida. Sé que Pony todavía no asimila bien todo lo que ahí vivimos, pero meterse con una secretaria es cosa seria. Puede llegar a ser tu peor enemiga o tu mejor aliada, según como la trates, y una mujer inteligente sabe que su estadía en cualquier empresa se definirá en gran parte por las relaciones que mantenga con los demás, especialmente con ellas y quienes lleven años apernados en un puesto.

Capítulo anterior: “Transformers”

—>Volver al menú principal de capítulos “Maldita Jefa”