Rehabilitación laboral – Maldita Jefa

La decisión de trabajar en automático me obligó a replantear muchas cosas y aceptar otras tantas. Diría que la más importante fue tomar conciencia que le había agarrado “gustito” a sufrir y que me tomaría un buen tiempo rehabilitarme. Con vergüenza, tuve que reconocer que trabajar para una maldita jefa había hecho que mi vida fuera, digamos, más interesante al poder contar siempre con un archivo mental repleto de injusticias, llantos, adrenalina e incertidumbre para deleitar a seres queridos y amigos. En cada reunión social, en cada encuentro con una cara conocida, esperaba con ansiedad ese “¿cómo estás?”, “¿cómo te ha ido?”, para responder con lo más sabroso de mi repertorio que solía empezar casi siempre con la misma introducción.

–¡Ah, no sabes nada! El otro día, mi jefa…

Y ahora que me decidía a dejar  en el pasado esa tóxica dependencia, andaba toda tiritona ante la falta del merkén que daba sabor a mis monótonos días de oficina, el veneno que movilizaba mi cuerpo en las mañanas para correr al trabajo.

–Berta.

–¡Mi Laura querida…!

–Te juro que esto fue lo que me pediste. Incluso te puedo enviar el correo donde me hiciste la solicitud.

–¡Ay, sí! ¿Pero no podemos cambiar la presentación? Es que Juan Pablo Gominolla ahora quiere…

Si mis pensamientos fueran cuchillos, seguro Berta caía asesinada y llena de hoyos en ese preciso instante. ¡Esto de rehabilitarse es terriblemente difícil! Cada solicitud incoherente de mi superiora, es decir casi todas, era una provocación para mi zombie interior que luchaba por tirarle alguna pesadez, contradecir la orden o al menos, descuerarla más tarde en compañía de las colegas.

–Aaaaahhh…

–¿Pasa algo, Laura?¿Por qué estiras la mano hacia mí?

–¿Eh?¡Ah, disculpa! Es que tienes una hilacha cerca del cuello. ¿Te la saco?

La fuerza de la costumbre tiraba fuerte, pero con cada pequeño triunfo, mis días se volvían un poco más dulces, las noches más tranquilas y la vida, algo más que una serie de anécdotas que pasaban en el trabajo. ¿Me estaría reprimiendo? No, para nada. Era más simple todavía: ya no quería pelear más.

La rehabilitación me tomó aproximadamente dos meses y sin querer, un día me sorprendí despidiéndome mentalmente de mi escritorio y del casino donde preparaba mi café cargado para comenzar el día. También noté que me quedaba mirando a mis compañeras por largos minutos, como para retener todos los rasgos que me fuera posible. Para mí era obvio lo que estaba haciendo: la despedida había comenzado. No sabía cuánto duraría el adiós, si unos días o meses, pero algo me decía que ya no quedaba mucho para irme de esa empresa. En el fondo de mi corazón, sabía que el piloto automático tenía una capacidad limitada, al menos en mi organismo.

–Chicas, chicas, ay, ¡las vueltas de la vida! ¡el caminar de cada uno! ¿Qué cómo me siento? Bueno, me gustaría compartir algo muy importante para mí…

Claro, las reuniones de equipo y el “mágico” momento en que debíamos compartir el galopar de cada una. Admito que esas instancias seguían siendo insufribles para mí, pero no había nada que hacer al respecto. Para Berta, en cambio, ¡eran la gloria! Imagino que se debía a que la pobrecita no tenía amigas con las quien hablar sobre sus experiencias.

–Como ustedes ya saben, me separé de mi marid…

Berta hizo una pausa para sacar el pañuelo para secar sus lágrimas ficticias y Clarita corrió en el acto para ofrecerle un vaso de agua a la doña. El resto solo nos limitamos a mirarnos con cara de “¿por qué nos está contando esto?”.

–Y bueno, sí. Pero las energías deben seguir fluyendo, ¡la vida sigue! Como no quiero que anden rumores por ahí, quiero comunicarles que he comenzado una relación con José Alberto Sotomayor.

–¿El gerente que hace poco fue ascendido a nuevo socio de la empresa? – disparó Pamela a propósito y Berta tomó nota del ataque con una levantada de ceja.

–¡Qué lindo que rehagas tu vida, Berta!¡Felicitaciones! – expresó Clarita y ahí tomamos nota nosotras. Salamera, chupamedias, ¿para qué dijo eso?

–Sí, qué bien…-acompañó Cony al ver que nadie más decía nada. Su tierno corazón de Pony no entendía bien las segundas intenciones que puede encerrar una relación de pareja.

–Pero ya revisé el código de ética de la empresa y no hay ningún impedimento para que José Alberto y yo estemos juntos – dijo Berta de un sopetón. Ese era el dato que nadie le había pedido, pero…¿para qué engañarnos? Tarde o temprano, muchos nos estaríamos preguntando si el parcito podía seguir trabajando bajo el mismo techo. Y sí podía. ¿Y… qué me importa a mí lo que haga esta mujer con su vida?

–¡Nahhh….!

–¿Sí, Laura?

–Perdón, es el café. ¡Qué mal sabe cuando está frío!

Después de esa reunión, el equipo fue testigo silencioso de la metamorfosis de Berta a “Primera Dama”. Su piel reptiliana comenzó a cubrirse con las más distinguidas marcas y en su pelo se asomaron unos tímidos reflejos rubios que con el pasar del tiempo tomaron posesión total de su cabeza, dejándola casi rubia platinada. Aunque sus salidas sin aviso y largos almuerzos con su “peor es nada” eran un tanto injustificados, fueron muy bien acogidos por un equipo sobrecargado con tareas y nuevos proyectos solicitados con el único propósito de dejar bien a la doña frente a la directiva de socios.  Sin duda, su nuevo partner amoroso acrecentaba sus posibilidades de obtener algunos milloncitos de bono que solo estaban reservados para los altos cargos.

Curiosamente, toda esa trifulca parecía no alcanzarme. Ahora que estaba rehabilitada de mi adicción al sufrimiento bertiano, la doña había perdido interés en mí. Casi no me daba instrucciones y nuestras reuniones habían disminuido considerablemente. “Confío en tu criterio” me había dicho hace poco y yo no iba a contradecirla en absoluto. Sin embargo, la paz que experimentaba era proporcionalmente inversa al tormento que sufrían las demás, especialmente Cristina y Pamela. Esta última era la que se estaba llevando la peor parte.

A diferencia de Clarita, cuyo embarazo parecía no afectarle en nada, Pamela vomitaba hasta lo que no comía y solía llegar tarde por lo descompuesta que estaba. Obviamente, el embarazo varía de una mujer a otra, pero para los ojos de Berta solo había una empleada que exageraba con su condición.

–¿No habrá algo que podamos hacer respecto a Berta?¿Como grupo? – me preguntó Pamela en una de nuestras escapadas al casino, buscando algo que beber y un poco de paz espiritual. Mi compañera estaba claramente cansada y al contemplarla, no pude evitar verme en ella como el saco de arena de Berta que fui en los peores momentos. Después miré mi oscuro café solo para suspirar, temiendo que todo el avance logrado se fuera al carajo.

–Tienes razón, Pame. Veamos que se puede hacer. ¡Empecemos a averiguar! –le respondí finalmente.

Pucha,¡ a mí me hubiera gustado recibir un apoyo así! Hace solo dos meses atrás, yo estaba exactamente en el lugar de mi compañera.

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