¿Quién te tocó de “Amigo Secreto”? – Maldita Jefa

–¿Todas van a participar, verdad? – preguntó Clarita mientras preparaba los post-it para el ritual que atormentaba mi existencia con regalos que no quería ni hacer ni recibir. Como versa el meme de la rana René, quise negarme a participar del “amigo secreto”, pero luego pensaba en los comentarios que vendrían y se me quitaban las ganas de hacerlo. Simplemente, no estaba con los ánimos para escuchar los típicos “Ya pooh, no seas mala compañera”, “Es que si no juegas, va a quedar una sin regalo” y “Dale, si es un regalito baratito. No más de $5.000”, por mencionar algunos. A veces, calladita te ves más bonita, dicen por ahí.

– Yaa, sin mirar, chiquillas– solicitó la escriba y yo por supuesto que miré, casi sin pestañear, para reconocer el maldito papel. Lo hice descaradamente con la suerte de tener a una Clarita tan hiperventilada de espíritu navideño que no se daba cuenta de nada, ni de cuando dejó ver el nombre de la innombrable, nuestra Voldermort, en el único post-it rosado del montón. Con la imagen ya registrada en la cabeza, elevé la vista para agradecer al grandísimo por la revelación y lo hice con tantas ganas que Pony también se puso a mirar el techo, suponiendo que había una filtración o algo así en la oficina.

Una vez concluida la transcripción, Clarita echó los papelitos en una pecera de vidrio y nos llamó a todas para dar inicio a la ceremonia. ¿Y Berta? Todas estábamos conscientes de lo sensible que se ponía cuando no la incluíamos en…digamos que en todo lo que hacíamos, así que le preguntamos a la segunda al mando por su paradero.

– No, no va a poder venir. Está en reunión con el Gerente de Operaciones, José Alberto Sotomayor– explicó Clarita.

–¿De nuevo? Sospechosa la hue…– alcancé a decir hasta que Pamela, muerta de la risa, me paró con un codazo. Y menos mal.

– Oye, Clarita– dijo Pamela para cambiar el tema– ¿No crees que deberíamos poner los papelitos en otra parte? Como tú los escribiste… – sentenció la futura madre a su compañera también embarazada y por primera vez odie a mi amiga en lo más profundo de mi alma.

–¡Cierto, Pamela! ¡Verdad que ocupé papeles de colores! – corroboró Clarita con toda la inocencia del mundo.– Los voy a meter en esa bolsa oscura para que no se vea nada, ¿ya?

“Mátenme”, pensé, pero no dije nada.

Reunidas en un círculo, nos dispusimos a proceder con el legendario ritual. La primera en sacar papelito fue Cristina, la nueva del grupo. Y es que apenas Berta supo que su mano derecha estaba embarazada, la doña usó todas sus influencias para efectuar la contratación más rápida de la historia y así asegurarse que Clarita contara con el máximo de tiempo para preparar a su reemplazante. Si no lo hacía ella, menos lo haría Berta, que para lo único que estaba bien capacitada era para el lobby.

Cristina sacó un papel amarillo y yo tragué saliva. Después siguió Pamela, quien mostró un post-it azul, sin dejarnos ver lo que decía. Sin pensarlo dos veces, rogué por mi turno, pero Pony se me adelantó con la maniobra.

–¡Ay, qué emoción– dijo la pequeña asistente que ahora sostenía un pequeño papel amarillo en sus manos. “Ay, madre santa”, pensé yo, al observar que las probabilidades jugaban cada vez en mi contra.

–¡Ahora yo! – exclamamos Clarita y yo al unísono, sin dejar de mirarnos. Ella me sonrió y en ese instante comprendí que la chica había captado absolutamente mi plan. ¿Quién lo diría? ¡Y tan piola que aparentaba ser! Como en una película de cowboys, todo se decidía con la que disparaba primero. Pony, que no captaba la sutileza de la situación, bromeó con que sacáramos el papel al mismo tiempo y así lo hicimos.

–¿Y? – preguntó la pequeña a Clarita, pero ella ni siquiera dejó ver el papelito que había sacado, excusándose que era un secreto. Mientras tanto, yo me negaba a abrir la mano para saber, de una vez por todas, quien me había tocado.

–¡Ya, pooh, Laura!¡Mira quién te tocó! – exclamó Pony toda contenta. Sin aviso, se abalanzó sobre mí y de la sorpresa, abrí la mano y dejé caer el papel. Un tanto nerviosa, la asistente se agachó a recoger el papel, pidiéndome disculpas por el susto que me había causado, suponiendo que era eso lo que me tenía de mal humor.

– Mira, si nadie ha visto nada. El papelito sigue cerrado– me dijo un tanto nerviosa, mientras devolvía el pedazo de papel a mi mano. Pobrecita, seguro se sentía culpable al verme tan desganada.

– No te preocupes, Cony– atiné a decirle, mientras trataba de esbozar una sonrisa. ¿Qué más podía hacer? ¡El puto papel que tenía en las manos era rosado! Desde ese día yo, que pensaba que la relación con Berta era karmática, ahora podría incluso asegurarlo.

Pasó una semana y sin darme cuenta, ya estaba sentada junto a mis compañeras en una de las mesas de un restaurant italiano para despedir el año, y por supuesto, celebrar al “amigo secreto”.

–¿Una piedra? – exclamó Berta, sin poder disimular ni un poco su desprecio.

– Mira, no es solo una “piedra”. Es una obsidiana. – expliqué sobre la roca de color negro que había comprado en una tienda especializada. Se suponía que Berta tenía una onda toda mística, así que sinceramente creí que el regalo le podía gustar.

– Dicen que repele las malas energías – continué con la explicación.– Así que la compré para que la lleves en la cartera. No sé, para que te proteja…creo– finalicé con un hilito de voz porque la cara de amargura que me estaba dedicando la jefa no me permitía hablar con más entusiasmo. Pensé, por momentos, en pedirle la piedra de vuelta y usarla para mi seguridad personal.

Silencio, incómodo silencio. Mis compañeras se miraron nerviosas y Pamela salió al rescate con alabanzas para la amatista.

– Por lo general, yo siempre llevo un cuarzo conmigo– compartió mi amiga, pero a Berta le valió un pepino la explicación. Decepcionada, muñeca brava me acercó un paquete envuelto en un hermoso papel. En un cálculo rápido, y por la marca impresa en el papel, supuse que la ofrenda excedía al menos en cinco veces el monto fijado para los regalos.

– Espero que te guste, amiga secreta– dijo la jefa pasándome el regalo que recibí como el más sentido de los pésame. Lo abrí y un set de cremas carísimas salió a mi encuentro, haciéndome sentir cada vez más avergonzada. Sinceramente percibí que el regalo de Berta había sido hecho con buenas intenciones y lamenté haberla decepcionado. Vaya, como detesto jugar al “Amigo Secreto”.

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