El pueblo unido jamás será vencido – Maldita Jefa

Apodos hirientes que se supone te tienen que hacer gracia, conversaciones de pasillo que se apagan cuando vas pasando y la famosa “ley del hielo” fueron algunas de las fantásticas experiencias que me tocó disfrutar en trabajos anteriores, donde adultos de 30 o más se convertían en verdaderos adolescentes si no les caías en gracia. Por eso, y aún en mis peores momentos en la oficina, recordaba dar gracias por la buena onda que tenía con mis colegas, con quienes pasaba más tiempo que con mi propio esposo. Considerando lo último, no dejaba de preguntarme si podría contar con ellas para lo que se venía. ¿Nos apoyarían a Pamela y a mí para hacerle frente al huracán Berta? ¿Sería eso acaso era mucho pedir?

–Humm, no sé, chiquillas…

Ante la propuesta, Clarita se rascó la cara un tanto nerviosa, buscando las palabras que la sacaran del aprieto en que la estábamos metiendo. Está bien, nadie dijo que iba a ser fácil. Como esta respuesta era algo totalmente predecible en ella, con Pamela nos armamos de toda la paciencia (y calma) del mundo para expresarle nuestra genuina intención de “hacer bien las cosas” y tratar de encontrar la forma más correcta de ventilar los malos tratos que como equipo estábamos sufriendo. Pony, por su parte, manifestó su más sincero apoyo hacia la causa, sin dejar de exponer ciertas observaciones sobre lo que haría en caso de que quedara la grande en la oficina.

–Porque si Berta nos manda a llamar, ustedes van por nosotras, ¿ya?

¡Pequeño Pony! Estaba claro que si las cosas se ponían feas, el sobre azul nos iba a llegar a todas, con o sin representante. Sin embargo, aceptamos sus aprensiones, considerando la seguidilla de malos momentos que Berta la había hecho pasar. ¿Para qué mandarla hablar con una jefa que incluso olvidaba saludarla en las mañanas? La misma mujer que para la celebración del cumpleaños Nº 25 de Pony, no se le ocurrió nada mejor que convocar a los presentes para cantarle a la festejada.

–Vengan, vengan, que vamos a celebrar a…a…a…

Un año había pasado, pero este no había sido suficiente para que la jefa se aprendiera el nombre de su subordinada.

–Cony, Cony…–le habría susurrado Clarita para salvar la situación, mientras yo le daba la espalda al grupo para ocultar la cara de desconcierto. Bueno, por eso y mucho más, Pony quedaba totalmente disculpada si no se animaba a tener una participación más audaz frente a Muñeca Brava.

¿Y Cristina? Con los platos ya servidos, hace ya varios minutos que la esperábamos para almorzar y ponerla al tanto de la Operación Anti-reptiliana. Por la hora, supusimos que este retraso se debía algún cachito de último minuto con Berta, así que comenzamos sin ella, organizando una clandestina mesa para almorzar en la oficina. Unas servilletas por acá, una ensalada para compartir y harto lisoform para hacer desaparecer el rastro de hasta la comida más fuerte.

No pasó mucho tiempo cuando divisamos a Cristina caminando por el pasillo a toda máquina. Cerró rápidamente la puerta apenas entró a la sala, con el notebook bien apretado al pecho y los ojos llorosos. Dejó sus cosas sobre el escritorio, dándonos la espalda por unos breves minutos y antes de que pudiéramos preguntarle algo, se nos adelantó diciéndonos que ya nos contaría todo, pero que necesitaba unos minutos para recuperarse. Bueno, ¿qué más le podíamos pedir? Estuvo recién con Berta, a cualquiera le afecta. Por eso, y para calmar los ánimos, no encontré nada mejor que adelantarle nuestro plan.

–Cristina, con las chicas creemos que ya es momento de hacer algo frente a los abusos de Berta. Sentimos que ya pasó un límit…

–Cuenten conmigo.

Sabíamos que ella no se llevaba bien con Berta, pero tanta seguridad en su respuesta nos asustó un poco. Mientras Cristina se tomaba un vaso de agua, seria como nunca, nos quedamos mirando sin saber qué decir. Son esos momentos tensos, en que por instinto o sobrevivencia, terminamos hablando de cualquier cosa. Sobre la comida, el tiempo y por ahí salió un chiste que nos hizo reír de lo lindo. ¡Ah, un poco de evasión no le hace mal a nadie!

Segundo chiste, mejor que el anterior. Y cuando íbamos en la mitad del tercero, sentí un olor extraño y se lo hice saber al grupo.

–Oigan, ¿no huele como a…azufre?

Y luego, claro, sentimos el inconfundible galopar. Era Berta, por supuesto, en su versión de taco alto, quien recorrió el pasillo con una energía que se la quisiera el FBI para sus redadas. Nuestra puerta se abrió de par en par, anunciando su jadeante y platinada figura decorada con un rímel derretido que la hacía ver peligrosamente loca.

Por reflejo, todo el grupo la quedó mirando con ojos de huevo frito, asustadas como conejitos deslumbrados por el camión que estaba a punto de pasarles por encima. Apenas la vio, Cristina agachó la cabeza y concentró toda su atención en el pollo con arroz que tenía en el plato. Vaya, como machacaba ese pollo. Pobre pollo…

–¡Ay, Cristina! ¿Estás bieeeeeeen? –gritó la doña, mientras se abalanzaba sobre la subordinada que se puso pálida ante el ataque, digo, abrazo sorpresa y que, por más que lo intentó, no logró sonreír. ¡Peor aún! De la pura tensión, podría asegurar que la parálisis facial atacaba a Cristina en cualquier momento. Para salvar la situación, me decidí a meter la cuchara olímpicamente.

–Pero Berta, nos estás asustando. ¿Pasó algo malo?

Apenas terminé la frase, Berta me miró con ojos de espanto, sus neuronas por fin hicieron sinapsis y recién ahí tomó conciencia de que habían otros seres humanos en la sala, quienes ya habían sacado las palomitas y los refrescos para seguir disfrutando del espectáculo.

–Eh…–balbuceó la Primera Dama, en un esfuerzo sobrehumano.

–¿Sí? –insistí yo, al más puro “mosquita-muerta-style”.

¡Y se armó la guerra de miradas! Ya lo sabíamos las dos sin tener que decirnos una palabra: la primera que pestañea, pierde. Los dos minutos más largos de mi existencia.

–Bueno, las dejo. ¡Que disfruten su almuerzo! Bendiciooooones–dijo Berta como señal de rendición y se fue muy campante de la oficina, como si nada hubiera pasado. Bueno, como suele pasar con los jefes cuando se mandan alguna embarrada, obligando a sus subordinados a cagarse de la risa sobre el hecho. ¡Pero anda a ser tú el maldito marginal que cometa el error! Uff…

–Estábamos revisando unos informes y de la nada, Berta me empezó a gritar por un supuesto error mío. “¿Es que acaso eres idiota?” me decía una y otra vez, mientras daba vueltas por la sala como una enferma. –soltó Cristina, cuando por fin se sintió a salvo.

“¿Y si lo que realmente necesitamos es un exorcista?”, pensé yo, pero preferí guardarme el comentario.

–Ante tanto grito, se me escaparon las lágrimas, ¡diría que de puro susto! Así que me paré, fui al baño y Berta fue detrás mío, sin dejar de repetir que la disculpara. “Es que yo sé que me excedí, que eso es maltrato”, me decía una y otra vez.–nos explicó la compañera afectada que recibió sin chistar el agüita del Carmen que Pony le tenía preparado.

–Mina loca –exclamamos Pamela y yo al unísono, enojadísimas.

–Pero, Cristina –le dijo Clarita a la que sería su reemplazo de pre y postnatal -¿Cuál fue el error?¿Qué era tan terrible?

–Clarita, ¿me creerás si te digo que el error era de Berta y no mío? Traté de explicarle, pero estaba tan alterada que no me dejó. Como toda la pega se la hacemos nosotras, se aterra ante la idea de tener que resolver algo frente a los socios de la empresa. ¡No sabe cómo hacerlo! – disparó Cristina, con una franqueza hasta entonces desconocida. Clarita no fue capaz de rebatir esto último y guardó silencio.

Al ver que estábamos perdiendo el foco, Pamela nos regresó al motivo que se suponía nos había convocado.

–¿Organizamos una reunión con ella?¿Incluimos también a Gominolla?¡Tenemos que exponer esta situación de alguna manera…

Todas tragamos saliva. Todas estábamos de acuerdo respecto a que algo había que hacer. Y ese mismo día, empezamos a escribir un informe con todos los puntos a tratar en la futura reunión que tendríamos con la jefa y, ojalá, con algún tercero que actuara de testigo en caso de que las cosas se pusieran feas.

-¿Y el centro de ayuda, Laura? – preguntó Pony por el canal de denuncia que estaba disponible en la intranet. –Yo leí lo que publicaste el otro día, que era confidencial y anónimo.

–Sí, lo de anónimo te lo confirmo, pero lo de confidencial…Mira, solo te voy a decir que la persona que recibe las denuncias es el mejor amigo de José Alberto Sotomayor–le dije mientras la miraba con ternura.

–¿El que ahora es socio de la empresa…el pololo de Berta? – aclaró la asistente con cara de susto.

–El mismísimo – confirmé yo, dando por cerrada esa opción para siempre. ¿Así?¿En qué estábamos? Miré fijamente el cuaderno que tenía enfrente, lleno de apuntes  sobre qué decir, cómo actuar, además del registro de varias situaciones molestas que cada una había vivido con la doña. Y suspiré profundamente. ¡Ojalá  todo salga bien!