Tú no has visto nada – Maldita Jefa

Que sí, que no, que nunca te decides. Después de varios intentos fallidos, con mi amiga Emilia logramos concertar esa junta que hace tanto nos debíamos. El lugar elegido era un restobar hiper sofisticado que quedaba escondido en un pasaje a la…chucha del mundo, disculpando el francés. “¡Laura, tienes que conocer ese lugar!”, me insistió Emilia cuyo buen pasar en una compañía minera la había hecho olvidar el presupuesto con el que contábamos los marginados de los suburbios. En fin, ¡si no la veía nunca!

–Obvio, nos vemos allá.

La primera en llegar fui yo, puntual a las 20:00 horas para poder aprovechar bien el tiempo con ella. Milagrosamente, salir de la oficina no había sido difícil porque Berta se había ido temprano, aunque sin avisarle a nadie. ¿Y eso estaba mal? Para nada, pero ¡anda a hacer lo mismo con ella! Pobre de tu alma desgraciada si eso llegaba a ocurrir cuando ella te necesitaba.

“Ya basta”, pensé autocensurándome. El trabajo había quedado atrás y había llegado el momento de disfrutar del increíble lugar en el que estaba. ¡Todo ahí era un “conceptazo”! Había sillas pegadas en el techo, todas las paredes decoradas con elementos vintage y hasta las servilletas tenían diseños propios. En un acto de tierna maldad, tomé una y me la guardé en la cartera. ¿Para qué?¡Para nada! Sabía que no le iba a dar ningún uso, pero igual lo hice. Es que estaba bonita.

Ya sentaba en mi mesa observé el menú sin mirarlo. Vaya, era entretenido estar en una especie de “motel-mesa”, el cubículo perfecto si querías pasar desapercibido. Sillones de respaldos altos impedían que los comensales de las otras mesas pudieran verse, pero sí escucharse. Y esa noche, la cosa estaba prendida. Es que los happy hours ya estaban haciendo su efecto y la proximidad de San Viernes los tenía a todos contentos.

Revisé el celular y ya habían pasado 15 minutos de la hora acordada sin señales de mi amiga.

–¡Laura, es que estoy metida en un tremendo taco! (carita triste- autito-carita triste) – me avisó Emilia cuando le escribí por whatsapp

–Ok, te espero (carita de porque-no-elegimos-otro-lugar-sabía-que-iba-a-pasar-esto) – contesté resignada.

Una modelo se acercó a mí y solo me di cuenta que era la mesera cuando preguntó por mi pedido. Miré la carta otra vez y mi espíritu huaso se manifestó en gloria y majestad. Tenía al menos 25 tragos nuevos por probar, pero me decidí por un mojito porque era lo único que conocía.

–Ah, claro, un buen clásico– me dijo la sonriente rubia para hacerme sentir mejor. Sin darme cuenta, en unos minutos ya tenía frente a mí el mojito más bellamente decorado de la historia.

Estaba tentada de sacar el celular y ponerme a revisar Facebook, pero me decidí por agudizar los sentidos y escuchar las conversaciones de las mesas cercanas, algo que se volvió bastante entretenido. ¡Y había de todo! Los halagos de un hombre que claramente había caído en la friendzone de su compañera de mesa; Los “ay, weona” repetidos cada cinco minutos por un grupo de amiguis; En otra mesa, una chica se quejaba con su marido sobre los abusos de su jefa.

“Salud por eso”, dije mentalmente para brindar por la compañera caída en el deber y por mi propia desgracia. “Vamos, el crédito para el departamento, crédito, crédito…”, repetí como un mantra para darme fuerzas y poder seguir prestando oreja a mi entorno. Alcancé a captar un chiste muy bueno, quejas sobre una sopa y un “¡Ay, pero qué divino es aquí!”, exagerado y cantadito.

Miré el mojito como buscando una explicación. Estaba segura que lo había pedido suave.

—¡Ay, fresco!¡Me EN-CAN-TA!

“¡Por la que $%&·$·”$”! “, refunfuñé  para luego ocultarme bajo la carta, como por reflejo. Tenía nada más que a Berta, la igualada, en la mesa de atrás y si salía de ahí era obvio que nos íbamos a ver. ¿Será karma?¿Qué deuda estoy pagando? Derrotada, me fui hundiendo en mi asiento…

—¡Bésame como solo tú sabes hacerlo…!—escuché fuerte y claro, orden que fue acompañada por unos sonoros lengüetazos que supuse eran besos. Estaba segura que frases como esas solo las había escuchado en las telenovelas.

“¿En qué quedamos?”, le reclamé al mojito y pedí una porción de papás fritas para asegurarme de que su alcohol no me estuviera jugando una mala pasada. Y si realmente me encontraba con todos mis sentidos sanos, esto se iba a poner bueno.

—Basta, tú sabes que no puedo decirte que no…Basta, basta—exclamó Berta “resistiéndose” a los chupetazos de su esposo. Sí, cuesta creerlo, pero muñeca brava está casada con un artista, un tan Juan Eduardo, que según sus propias palabras, cambió/maduró a un oficio más lucrativo cuando se casaron. Y como todo en el mundo de Berta era exagerado, eso no podía excluir el amor y, lamentablemente, a mí como su testigo. Para esas alturas, ya ni me importaba que Emilia estuviera con una hora de atraso. Pedí un jugo y un buen sándwich para disfrutar de la función (Lamentablemente, no servían palomitas en el restobar).

Más besos, confesiones cochinonas y hartos “no, eso no”, “para” que no iban para nada con el tono de voz que emitía la doña. Fue entonces cuando no pude evitar imaginarme a Berta en su traje de dominatrix, dándole latigazos al pobre hombre, y mi cerebro se resistió a la porno-fantasía como si le hubieran echado limón. Sin embargo, y a pesar de semejante show, debo confesar que permanecía ahí, calladita en mi puesto, disfrutando de un cahuín de la más pura cepa. Hasta pedí postre.

“¡¡¡¿¿¿¿Y QUIÉN ES ESTE????!!!”, dijo una voz masculina llena de rabia que calló a todos los presentes en el restobar. ¿Cómo? ¿Un nuevo personaje entraba a escena? Lamenté que mi tocaya Laura Bozzo, del programa “Laura en América”, no estuviera con nosotros para gritar: “¡¡Qué paseee el hombre desepechado!!”

—Eh, ah…José Eduardo, no es lo que tú crees—se excusó muñeca brava con apenas un hilo de voz. Y al escuchar ese nombre, todo tuvo sentido y de mi boca solo logró asomarse un claro “¡¡CTM…!!¡¡No estaba con el marido!!”

Forcejeos, gritos y un “¡¡tú no te metai, weón!!” se escucharon a mis espaldas. Toda tiritona saqué el celular y lo puse en modo selfie para tratar de obtener una foto del patas negras que seducía a mi maldita jefa. ¿Sería el mismo hombre con el que tantos mensajes se mandaba el otro día? Rayos, el pulso no acompañaba hoy y a la trifulca se sumaron garzones del restobar que pidieron la salida del trío de la perdición. ¡Y todo pasaba sin que pudiera ver nada!

Sin poder resistir la tentación, me di vuelta en mi asiento. Ahí divisé a los dos hombres dirigiéndose a la puerta, por lo que no pude verle las caras. Berta seguía sus pasos con cabeza altiva, como si nada hubiera hecho, como toda una reptiliana. Y al llegar a la puerta de salida, se apoyó en el marco y se giró bruscamente. Ahí el tiempo se detuvo, en el momento exacto en que me vio apoyada al respaldo de la silla, in fraganti. Nuestros ojos se encontraron por unos segundos que me parecieron eternos. No hubo palabras, fue solo un instante, pero podría jurar que sus ojos me gritaron sin piedad: “¡¡Tú no has visto nada!!”.

 

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