Mujer contra mujer – Maldita Jefa

Lo admito, soy una ingenua. Como una adolescente, me llené de esperanza con la llegada de Juan Pablo Gominolla, el nuevo (y pequeño) gerente de Recursos Humanos, y empecé a soñar con el posible despido de Berta. No había compartido la corazonada con nadie, pero estaba segura de que su contratación no era más que una pantalla para ocultar su pronto ascenso a un cargo más alto, uno como el de mi jefa, porqué no decirlo. ¿Qué era esa tontera de “gerente de proyectos especiales”?¿Acaso no era obvio para todos que un puesto así no podía existir?

Durante varios días, estuve de un humor increíble. Con el “pelaje más lustroso”, como diría en broma Pamela, con quien había hecho muy buenas migas desde su llegada al equipo. Y en un arranque optimista, me compré un montón de cosas para convertir mi día en la oficina en un capítulo digno de película gringa de auto-superación. Para empezar, me compré un té chai-súper-orgánico cosechado-por-monjes-tibetanos, el que pretendía beber lentamente en las pausas que me obligaría a tomar cada tres horas. Este sagrado líquido lo disfrutaría en un lindo tazón de Hogar& Ideas que me recordaría que “la vida es linda, disfrútala en cada sorbo”, tal como decía el mensaje estampado en su cerámica. Y claro, obvio, ¡nada de media lunas o muffins! Ese azucarado pasado había quedado atrás para ser reemplazado con unas súper barritas de semillas, frutas y miel que me habían costado un ojo de la cara. Estoy segura de que si mi marido no me conociera tan bien, juraría que lo estaba engañando con otro hombre ante tanto gesto de repentina autoestima, pero no era nada de eso. Solo me había enamorado de un posible y feliz futuro en la oficina.

Estaba en una de esas pausas de súper té cuando recibí la llamada de Berta.

–Laura, ¿puedes venir unos momentos a mi oficina? –me indicó con aparente buen humor. Respondí afirmativamente y corté el teléfono, mientras sentía cómo mi estómago se arrugaba por dentro. ¡Qué increíble era el poder que ejercía esa mujer en mí! Nada malo había pasado, pero ir a su encuentro siempre me producía mucha incomodidad, como si mi vida corriera peligro de alguna manera. “¡Pero qué exagerado de mi parte!”, pensé luego de persignarme, agarrar mis cosas y salir volando a la oficina de Berta.

Me acerqué silenciosa como un ninja a la puerta, como había acostumbrado hacerlo después de varios retos por haberla interrumpido en tareas o reuniones importantísimas. O para ser más exacta, por arruinar su partida de Candy Crush.

–Permisoooo–dije anunciando mi llegada en un tono suavecito, como una geisha antes de servir el té. Un tanto desconcertada, Berta dejó de jugar con su celular y me invitó a pasar. Realmente se notaba contenta, pero eso no me llevó a bajar la guardia. Ya sabía yo que sus estados de ánimos cambiaban a la velocidad de la luz y, por lo mismo, lo mejor que podía hacer era tomar distancia y mostrarme seria, pero “con respeto”.

Respiré hondo y tomé mi lápiz para anotar las tareas que tendría que desarrollar durante el día. Berta gesticulaba con las manos y en tono cantadito me ponía al día sobre actividades y noticias con las que tenía que actualizar la intranet, nada nuevo en lo que se refería a mi trabajo cotidiano. Los minutos avanzaban y sin querer, empecé a esbozar una sonrisa. Parecía que el té chai me había traído suerte porque todo fluía maravillosamente bien.

–Berta, el domingo de la próxima semana celebramos el día del niño. El equipo de Beneficios tiene preparado un panorama muy bueno para los colaboradores y sus hijos. Habrán juegos, premios y una obra de teatro para cerrar el evento.

–Bien, bien…–me respondió la doña que hace un buen rato tenía los ojos pegados en el celular que revisaba cada tanto para responder y enviar mensajes. ¿Con quién estaría conversando?

–Y cómo sabes – continué sin darle más importancia al asunto–, sería buenísimo poder contar con un fotógrafo profesional para registrar esta actividad. Este tipo de noticias son muy bien recibidas por los colaboradores en la intranet.

–¿Fotógrafo? –repitió muñeca brava aún con los ojos clavados en el teléfono y luego agregó–:¿Es que tú no puedes sacar las fotos?

Era obvio, la cosa no iba a ser tan fácil cuando se trataba de presupuesto extra, aunque fuera de uno pequeño. Es que si había algo que Berta había logrado demostrarme, además de su incompetencia, era que si había un motivo por el que la habían contratado, este era su increíble talento para cuidar la plata.

–Claro, yo también saco fotos, pero no se pueden comparar con el trabajo de un profesional. Y como este evento es importante para Recursos Humanos, yo pensé que un buen registro podía ser algo muy positivo–dije de un tirón con la esperanza de que las neuronas de Berta no alcanzaran a ser sinapsis y me aprobaran el fotógrafo.

En un movimiento inesperado, Berta se levantó del asiento para dirigirse a la ventana, contoneando sus caderas como en una cumbia y, obviamente, sin soltar el celular de la mano. Siempre dándome la espalda, miro una vez más el teléfono y sonrió abiertamente, gesto que pude ver claramente por el reflejo de la ventana.

–No, no, anda tú. No hay plata para fotógrafos – finalmente declaró en un tono que casi rozaba en la coquetería. ¿Cómo? ¡La muy fresca ni siquiera estaba hablando conmigo! A esas alturas, no había que ser un genio para deducir que la persona al otro lado del teléfono era un hombre. Entonces, indignada por la falta de interés, arremetí con un golpe donde justamente le dolía más.

–Ah, bueno, voy yo. Dime tú qué prefieres: ¿compenso la jornada con un día de sueldo o con un día libre?

En segundos, sus reptilianos ojos soltaron el celular y se fueron directo a mi persona. La fiesta en whatsapp había terminado.

–¿Pero cómo? –chilló con incredulidad –, ¿vas a cobrar el día?

–Por supuesto, es lo que corresponde–declaré muy segura.

–¿Después de todo lo que he hecho por ti? –me lanzó en una interpretación digna de María la del Barrio.

A ver, un momentito por favor. ¿Lo que había hecho ella por mí?¿A qué se refería? Seguramente mi desconcierto fue demasiado obvio en mi cara, así que ella tomó la palabra para darse a entender.

–Esa vez que te dejé salir media hora antes porque tenías que ir al dentista. Y, y, esa vez que estabas con fiebre y tuviste que ir al doctor–precisó.

Vaya, a esta mujer no se le pasaba una, pero no iba dar mi brazo a torcer. Ya había trabajado para otras compañías en días libres y siempre se me había recompensado muy bien por este tipo de “misiones especiales”, especialmente si se trataba de un domingo o festivo.

–Lo siento, eso no tiene nada que ver con trabajar en días libres– dije con la seguridad que te da tener el Código del Trabajo como tu mejor amigo.

El celular de Berta emitió varios sonidos de campanita, deseoso de ser atendido, pero su dueña solo tenía ojos para mí. ¿Y por qué había comenzado todo este round? Por unos miserables pesos, los mismos que mi jefa se gastaba en dos almuerzos corporativos, pero que ahora no era capaz de soltar para contratar a un fotógrafo. De vuelta a la ventana, su reflejo delataba toda la rabia que tenía contra su coordinadora de comunicaciones internas. ¡Dios, bendito ego el suyo!

–Está bien, está bien – dijo en tono lastimero, mientras masajeaba su sien con la mano –, cotiza al fotógrafo y me traes el presupuesto para aprobarlo.

–Ok. – respondí secamente, preparada para salir de ahí lo antes posible.

–Sí, sí, puede ser una buena idea. –exclamó Berta, de la nada. Volteé al darme cuenta que me hablaba a mí. –El día del niño convoca mucha gente, es bueno que todos sepan del evento–remató usando casi las mismas palabras que yo había empleado para justificar al fotógrafo. Dicho esto, Berta volvió a sonreír.

–Sí, claro –respondí apenas en un murmuro y me aleje de esa oficina rápido y sin mirar atrás.

Mina loca.

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