Todo menos eso – Maldita Jefa

Cuando estaba por abrir la puerta de mi departamento, por unos instantes sentí las ganas de dar media vuelta y buscar refugio en otro lugar. Y es que el acto de regresar a mi casa, algo que añoraba desde que me subía al ascensor para dirigirme a la pega, lamentablemente se había convertido en una extensión de las penurias que vivía en la oficina. Era un hecho que en esos instantes Berta, mi maldita jefa, se encontraba muy lejos de mí, seguramente de camino a su propio hogar. Sin embargo, y en un gesto muy masoquista de mi parte, insistía en aferrarme a su detestable recuerdo, traerla a mis conversaciones y contaminar lo que considero como más sagrado en la vida: mi marido y mi hogar.
 
De repente me sentí ridícula frente a la puerta, tan sumergida en mis pensamientos, que apuré la llave en la cerradura y me metí de una vez por todas a la casa. Me saqué los zapatos, tiré la cartera sobre el sillón y me dirigí a la cocina por un vaso de agua. De reojo, miré la habitación donde trabajaba Marcelo y noté que seguía sentado trabajando, totalmente absorto en su quehacer. ¿Por qué él sí podía dedicarse a lo que más le gustaba y yo no? ¿Por qué tenía que ser la única con una yegua como jefa? La escena me amargó tanto por dentro que apuré el vaso de agua que tenía en las manos para ahogar la pesadez que estaba a punto de salir por mi boca.

“¿Y por qué diablos no se levanta este hombre para recibirme?”, grité mentalmente, mientras pateaba uno de mis zapatos a modo de reclamo para el consorte que no salía de su cueva. Vaya, es curioso las miles de formas que uno tiene para pedir la atención del otro.

–¡Hola, Laura! – me saludó mi marido con un tierno abrazo para luego rematar con el tradicional: “¿Cómo estás?¿cómo te fue?”

¡Cómo odiaba esas preguntas! Antes las esperaba con ansias, pero ahora me sentía incapaz de compartir algo que no fuera una queja. “Que de nuevo no me aprobaron el presupuesto”, “Que me cambiaron todo el proyecto porque no sé que jefe lo pidió”, “Que Berta se le ocurrió…”

– Bien, sí…me fue bien – terminé respondiendo, tratando de fingir una sonrisa a quien me era imposible engañar.

–¿Otra vez Berta, o no? – susurró mi marido, en tono resignado.

– Humm… – le dije. Era eso o empezar con el rosario contra la susodicha, la única persona a la que había deseado mal en mi vida. O al menos, uno que otro huesito roto para que se tomara una licencia y me dejara en paz por unos días.

– Laura, no puedes seguir así, toda tensa y cansada. Si la pega es pega, no puedes dejar que te afecte tanto. – dijo Marcelo dejándose caer en la silla que tenía enfrente mío, tal vez en un gesto inconsciente para prepararse para lo que venía.

–¿Cómo me dices eso?¿Acaso no sabes lo que es tener una jefa de mierda como Berta? – le vomité por fin al compañero, cansada hasta más no poder de que minimizara cómo me sentía frente a un trabajo que ya no me satisfacía en absoluto y que para más remate, estaba dirigido por una loca incompetente que no aportaba ni siquiera con el café de la mañana.

– Mira, Marcelo…– dije con voz temblorosa y comencé a enumerarle con lujo de detalles todas los malos ratos que yo y mis colegas teníamos que soportar, día a día, por culpa de la idiota esa.

– Bueno, bueno, ¿pero qué le vas a hacer?. – dijo él. – Ella es la jefa, puede hacer lo que quiera.

Y tenía razón, ELLA era la jefa. Podía llegar tarde y retirarse temprano sin avisarle a nadie. También hacer solicitudes sin ningún fundamento o justificación, además de mandarte mensajes por teléfono fuera del horario de oficina para dejarte angustiada y sin poder dormir. ¿Justicia? No, en el trabajo no existe tal cosa, solo tareas, empleados y puestos que subir o bajar. A pesar de tener eso tan claro, yo seguía aferrándome a la idea de que todo podía ser más equitativo. Odiaba el sistema y estaba dispuesta a dejarlo claro una vez más cuando Marcelo dijo algo para lo que no estaba preparada.

– Mira, esto lo venimos conversando hace meses , te diría que incluso lo hacemos siempre a la misma hora y…¿Sabes qué? Estoy cansado, Laura. Ya no soy feliz, tú tampoco. ¿Hasta cuándo seguimos con esto?

No supe qué decirle. Simplemente me quedé de una pieza y toda la rabia que sentía hasta ese momento se esfumó para ser reemplazada por una sensación triste e impotente. Me había quejado hasta el cansancio, de lunes a viernes, sin reparar el daño que le estaba haciendo a mi pareja. Es decir, mi agonía era real, pero también parecía una historia sin fin que había terminado agotando al único ser que me quería tanto como para escucharla una y otra vez solo para hacerme sentir mejor.

– Es que ya no sé que decirte. Trato de darte soluciones, otra veces consuelo, pero llegué a un punto en el que realmente me da miedo hablar. ¿Te das cuenta de lo mucho que has adelgazado?¿Encuentras normal que ahora tengas que tomarte una pastilla para poder dormir?

– No, no es normal… – respondí apenas, tratando de contener las lágrimas con todas mis fuerzas. Llorar no está mal, pero sabía que hacerlo justo en ese momento terminaría aniquilando la poca energía que nos quedaba para conversar.

– Yo entiendo que estés cansada, de verdad que sí, pero…

– Sí, pero, ¿y el pie para el departamento? – interrumpí angustiada.

– Ya, ¿pero a qué costo?¿De qué nos va a servir si terminamos separados?

Ahí ya no pude más y me largué a llorar amargamente. Todos los días se rompe un matrimonio, eso no es ninguna novedad. Nada es para siempre dice una máxima que siempre parecía cumplirse para otras personas, pero no para mi relación de pareja ¡y menos a causa del trabajo! Que ingenua había sido al limitar las situaciones de ruptura a una infidelidad, falta de plata o hijos, solo por mencionar algunos de los ejemplos más clásicos.

Mis lágrimas seguían cayendo cuando sentí el abrazo de Marcelo, el que agradecí desde lo profundo de mi corazón. En silencio, pasamos así varios minutos, una pequeña tregua entre tantas recriminaciones y sermones. Finalmente, él tomó la palabra.

– Lo siento, Laura. Es que ya no sé que hacer – me dijo finalmente, mientras me daba un beso en la frente. Luego, me puso la mano en la cabeza para dar un ligero coscorrón que de seguro solo buscaba tranquilizarme y hacerme sonreír, aunque fuera un poquito.

– Bueno, me voy a leer un rato a la pieza – comentó en voz alta, mientras se alejaba. De paso, prendió las luces del living donde me encontraba porque,  sin darnos cuenta, nos habíamos quedado a oscuras…diría que en todo aspecto.

Por mi parte, rápidamente me metí al baño. Sin darle más importancia a los ojos hinchados que me devolvía el espejo, di la ducha en su máxima potencia y bajo su chorro solté las pocas lágrimas que me quedaban, junto con una que otra puteada. Era mi última pataleta sobre el trabajo y con ella quería que toda mi rabia se fuera con el agua para poder aceptar, de una vez por todas, mi responsabilidad sobre lo que hacía. Es innegable que Berta es realmente un pain in the ass, un tormento caribeño que no le deseo a nadie, pero fui yo la que voluntariamente decidió trabajar con ella y en esas condiciones. O lo aceptaba de una vez por todas o mi matrimonio se acababa para siempre. Así de simple.

 

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