Maldito domingo – Maldita Jefa

Creo que los primeros síntomas se manifestaron a eso de las 15:00 horas del domingo, cuando la paz del desayuno parecía un recuerdo lejano y el almuerzo que acababa de disfrutar comenzaba a revelar un amargo sabor a urgencia, a castigo, a todas las cosas pendientes que quería hacer para ese medio día libre que todavía me quedaba. Lavar la ropa, pintarme las uñas, preparar el almuerzo para el día siguiente, leer ese libro comprado hace una semana y así. Una extraña combinación de deber y placer que mágicamente debía cumplirse en siete horas para sentir que la jornada había valido la pena.

Como siempre, le puse empeño, pensé positivo. Lavé los platos con cariño, ordené mi ropa con amor y me pinté las uñas con esmero. Todo iba bastante bien hasta que miré el celular y tomé conciencia de que ya eran las 18:00 horas. Sí, las 18:00 horas y no había hecho ni la mitad de las cosas que me había propuesto.

“¡¡Por la cr….”, reclamé frustrada a un cojín de la cama, pero nada, el almohadón no dijo ni pío. Así que fui a la pieza donde estaba mi marido y a propósito le solté un enrabiado “¡nunca alcanzo a hacer nada!” con ningún otro propósito más que amargarle la vida y compartirle toda la impotencia que sentía.

Mi esposo me abrazó fuerte, mientras trataba de animarme con un chiste improvisado que agradecí bastante, pero que apenas logró sacarme una sonrisa. Muchas veces antes, gestos parecidos de su parte me habían hecho explotar y mandarlo a la mismísima mierda, haciéndolo víctima de los dardos que, en el fondo, iban dirigidos a mi jefa. Por eso, y siendo consciente de las desastrosas consecuencias que ya me habían traído esos violentos desahogos, correspondí el abrazo como pude.

– Todo va a estar bien, ánimo– me dijo y yo le quise creer.

Con los ánimos más repuestos, me dirigí a la cocina para preparar la once. En momentos más boyantes de mi economía, no hubiera dudado ni un solo segundo en salir a comer a fuera para sentirme mejor, pero los esfuerzos por alcanzar un buen pie para el departamento ahora eran prioridad y cada peso importaba. ¡Oh, cómo te extraño, pastel de manjar, lúcuma y nuez, cuya azúcar siempre me hace creer en un futuro mejor!

Los últimos rayos de sol se colaron por la ventana y dejaron el living en tonos naranjos.

–¡Qué lindo! – exclamó maravillado Marcelo ante el espectáculo.

– Humm, sí…– murmuré yo, apenas en un susurro, para no arruinar la felicidad del esposo.

Parecía el colmo de los colmos, pero con el atardecer se presentaba un nuevo desafío: dormir. Algo tan básico, ¡tan necesario!, se había vuelto casi un privilegio para mí, especialmente los días domingo. “¿Ravotril?¿Sucedal?”, pensé al recordar la angustia de quedar mirando el techo por horas esperando que el sueño llegara sin éxito. ¡Y si ir al trabajo un lunes es duro, hacerlo con solo dos horas de sueño es terrible! Así que busqué ese cuartito milagroso y lo puse en mi velador resignada, mientras pensaba en las aventuras que traería la nueva semana de trabajo.
“Bueno, al menos esta vez no seré la presa de Berta”, reflexioné con cierto alivio y culpa mientras guardaba el almuerzo del lunes. Como ya no daba más con el secreto, el viernes pasado le había contado a Pamela todo el culebrón protagonizado por muñeca brava, su marido y su amante, confesión que mi compañera de trabajo correspondió con la más grande de las risotadas y su absoluta confidencialidad.

– Te lo prometo, de mí no sale. Es más, yo también tengo algo que contarte. – me dijo.

¡Y vaya notición que me estaba adelantando! El lunes comenzaría con una intensa conversación entre ella y Berta que podía traer coletazos. ¿Quién lo diría?¡Nuevas bendiciones esperaban a mi jefa! Mi compañera me confesó que ella también estaba embarazada.

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