Los niños son una bendición – Maldita Jefa

–Laura, cuánto lo siento, Juan Pablo Gominolla necesita el comunicado UR-GEN-TE.
–Berta, ¿estás segura que me quieres hacer trabajar horas extras?
–A ver, no me hables con ese tonito. No me gusta tu actitud.
–Y a mí no me gustó nada lo que vi…¡lo sé, todo, Berta!¡TODO!
–¡No es cierto!
–¡SÍ LO ES!
–¡¡Igualada, mal nacida, TE VOY A ENSEÑAR A RESPETARME!!

Y con el grito de guerra, comenzaba una lucha despiadada de cachetadas, tirones de pelo y empujones que tenían como punto final a una maldita jefa de rodillas, suplicando por mi silencio. Esto y mucho más pasaba…solo en mi imaginación. Y lo peor era que esta se potenciada con cada día transcurrido sin poder entablar conversación con la cachonda Berta. Desde el viernes pasado, el día siguiente del incidente en el restobar, muñeca brava se negaba a hacer acto de presencia por la empresa debido a un inesperado “resfriado” que le impedía ir a trabajar. Y el martes siguiente llegó a la oficina tan enojada que ni siquiera se asomó por nuestros puestos. “¿Y qué hago, Dios mío, con esta bomba? ¿Con este…POWEEEEEEER?”, me repetía mentalmente una y otra vez, para luego reír como lo haría el Emperador Palpatine, con tremendas carcajadas que nadie entendía. Y así me la pasé hasta el miércoles cuando oí a lo lejos su inconfundible galopar.

Eran las 10:30 horas y en la oficina tratábamos de darnos ánimos a punta de cafeína y pastelitos varios. “¿Escuchan eso?”, atiné a decir cuando la puerta se abrió de par en par para dejar entrar al huracán Berta en toda su potencia. Por el susto, a nuestra querida Pony se le escapó un grito y a mí se me cayó el café. Y luego, sin que nos pusiéramos de acuerdo, el grupo jugó al “congelado” sin emitir movimiento alguno hasta que la superiora dio señales de que podíamos hacerlo. Como si hubiera chupado un limón, Berta nos dedicó una horrible mueca y pasó lista con la mirada. Sin embargo, cuando fue mi turno, no pude notar ni un gramo extra de odio para mí. Qué cosa más extraña…

–¡¡REUNIÓN DE EQUIPO, A-HO-RAAAAA!! –dijo de repente y se fue, dejándonos tiritonas, corriendo por la sala en un capítulo digno de Benny Hill. Así que luego de chocar un par de veces entre nosotras y peinarnos un poco, partimos veloces al llamado. Y con cada paso que daba, no podía dejar de pensar: “¡insufribles reuniones de equipo que no sirven para nada!”

En el tiempo record de cinco minutos, estábamos todas en la sala de reuniones. Como indicaba el protocolo bertiano, era menester que antes de comenzar a hablar de tareas, cada una compartiera un pequeño discurso sobre “cómo se sentía”, teniendo siempre la precaución de no mencionar la palabra “bien”. Según no sé que experto seguido por Berta, esta respuesta era conformista y era pecado usarla. El problema con esta dinámica era que tampoco podíamos contestar que estábamos “mal” porque la jefa no lo soportaba. Así que por instinto de supervivencia, el equipo aprendió los más variopintos sinónimos para decir que estábamos “bien” sin ocupar esa palabra.

–Yo…estoy, tranquila. Sí, eso. Y positiva respecto al trabajo y a mi vida. Eh, todo va muy bi…bueno, eso, gracias – compartió Pony al salir premiada para hablar primero. Estaba tan tranquila que se dejó los brazos rojos de tantos rascarse mientras expresaba sus positivos pensamientos. Menos mal que Berta quedó contenta con la actuación auspiciada por la agüita del Carmen que la pequeña asistente tenía a modo de “té”.

–Y bueno, ¿tú cómo estás, Laura?

–¡Bien!

Lo admito, lo hice a propósito, solo para ver como a Berta se le deformaba la cara de disgusto. Apelando ingenuidad, corregí el discurso y seguí compartiendo mis…sentimientos.

–¡Perdón, me refería a que la he pasado muy bien! El otro día me reuní con una amiga que no veía hace mucho y cenamos en un lugar muy bacán.

–¿Así?¿Cuál?

–El “White Submarine”. El restob..

–¡SÍ, LO CONOZCO!

El grito de Berta se sintió hasta en el baño de visitas y el juego del “congelado” se hizo presente una vez más entre nosotras. Sin poder ocultar su respiración agitada y la palidez de su rostro, Berta se llevó las manos al pecho en el más teatral de los sufrimientos. Clarita corrió a buscarle un vaso de agua, Pamela me miró con cara de “tú sabes algo” y yo me pellizqué el brazo para no soltar una carcajada de mujer malvada.

Abanicada por un cuaderno que Pony no dejaba de mover, Berta fue recuperando las energía con el paso de los minutos. Más que mal, había llegado su momento de expresar lo que sentía frente al grupo, algo que le encantaba y que, para mí, era lo único que justificaba el dichoso ejercicio de las emociones. De alguna manera, la sala se oscureció y de no sé donde salió un foco que iluminó a Santa Berta.

–Chicas, ustedes saben. Una mujer casada debe tener sus espacios, debe proteger sus secretos. No es cosa de estar contándole al marido todo lo que uno hace, NO. Hay que ser libre, ¡¡así debe ser el caminar de cada uno!! –exclamó Berta, golpeándose el pecho para expiar sus pecados y un pesado silencio se hizo presente en la sala.

“WHAT-THE-FUCK?” fue la mejor expresión que encontré para describir el momento. ¡Y eso que yo contaba con más información que el resto! Todas nos mirábamos sin entender nada y con ganas de irnos por la salida más cercana. Si alguna vez sospechamos que a Berta se le escapaban los enanitos del bosque, ahora estábamos seguras que toda la población gnomo había hecho desalojo total de su cabeza.

–Ah, claro, Berta, claro– atinó a decir Pamela y el silencio se instaló otra vez, innegable y mortífero como un peo. Afortunadamente, Berta ya estaba en otra dimensión y solo sonreía, ahora que su pesada mochila era compartida por nosotras, de alguna extraña manera. Pasaron los minutos y seguíamos mirándonos las caras sin decir nada. Por fin, Clarita decidió tomar la palabra para que la reunión pudiera continuar.

–Berta, ¿te parece si continuo? –expresó Clarita con su voz más dulce.
–¿Ah? Sí, …–dijo Berta, todavía flotando en el más allá.
–Les voy a contar a las chicas, eso…eso que ya conversamos–advirtió la compañera con más antigüedad en el grupo, sin dejar de mirar a su jefa que claramente le estaba costando procesar hasta lo más simple. Otro silencio incómodo y de repente, Berta volvió al más acá con la fuerza de un electroshock.

–¡¡Te refieres a ESOOOOO!!! – gritó cantadito, dejándonos pegadas al techo…otra vez.

–Sí, chicas, verán. Quería contarles que van a…¡ser tías! –dijo Clarita con un rostro que brillaba de alegría y como un resorte, el grupo saltó a darle un abrazo de felicitaciones por el bebé que esperaba.

–¡Los niños son una ben-di-ci-ón! –exclamó Berta, como si esta última palabra fuera de goma, chiclosa y difícil de masticar. Y mientras más la repetía, más se le avinagraba la cara porque, muy en el fondo de su corazón, ella sabía que si no estaba Clarita, no le iba a quedar otra más que…TRABAJAR. Yo, que la miraba de lejos, me iba dando cuenta de cómo la bendición se iba convirtiendo en el más sentido pésame para mi especial jefa, la que terminó excusándose repentinamente para poder escapar de tanta alegría.

–¡Berta, Berta, dejaste tu agenda aquí! – le indiqué a mi jefa que ya iba por la puerta de salida. Por más que moví los brazos, Berta se fue sin darme ni bola. Me miro, pero se fue igual. Qué cosa más extraña, nuevamente…

–No insistas, Laura–me dijo Pamela apoyando su mano en mi hombro. –Ella no te va a pescar.

–¿Por qué?¿Acaso no valgo la atención de su excelentísima? –le contesté riendo a mi compañera.

–No, no es eso. Berta usará lentes de contacto, pero no ve nada de lejos. ¡Nada de nada! –aclaró Pamela, dejándome de una pieza. Y en un instante, recordé al restobar y la fría mirada de Berta apoyada en la puerta. ¡Todo calza, pollo!¡Ella nunca me vio!

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