¡¡Libertad!! – Maldita Jefa

“Yo soy Laura, coordinadora de comunicaciones y defensora de los secretos de la intranet corporativa.

Ella son Pamela, Clarita, Cristina y Pony, mis queridas compañeras de equipo.

Fabulosos y secretos poderes nos fueron otorgados el día en que levanté en alto mi dedo y dije: ¡HASTA CUANDO NOS HUEVEAN!

¡YO SOY UNA PROFESIONAAAAL! (Laura exclama llenándose de poder, el que dispara como un rayo sobre su equipo de trabajo)

Mis compañeras se convierten en colaboradoras súper poderosas y yo me transformo en LA-U-RA, la empleada más peligrosa del universoooo…”

Estaba por finalizar mi entrada con un combo al espectador cuando Pamela me regresó a la Tierra con un codazo.

–Laura, ya pooh, el informe –me dijo, tratando de aguantarse la risa.

–Ah, sí, sí– respondí rápidamente. Mientras buscaba mis apuntes, no dejaba de pensar en HE-MAN y el peinado que compartía con el príncipe de Eternia.

¿En qué estábamos? Ah, sí, el informe, el bendito informe.

Como queríamos hacer bien las cosas, el grupo decidió sacrificar varias horas de almuerzo para perfeccionar la sagrada pauta que usaríamos en la batalla final de nuestro propio video juego: “Berta, the Amazing Reptilian Boss”. En cada reunión, repasábamos las posibles situaciones y argumentos de muñeca brava, las palabras que usaríamos con ella, cómo podíamos ocupar el código del trabajo y el código de ética a nuestro favor y un largo etcétera que no hacía más que complejizarse con el paso de los días. Se podría decir que después de dos semanas de trabajo, fue tanto el cariño y dedicación que le pusimos al informe que terminamos boicoteándonos.

La primera en desertar fue Compañera Clarita.

–¿Saben chiquillas? Yo prefiero no seguir participando en esto.–expresó la susodicha, bajándole la gravedad a los excesos de Berta. –Además, con lo de mi embarazo…

–¡Pero Clarita…!– le reclamamos varias al unísono al observar impotentes cómo se nos hundía el barco. Pamela, quién también estaba embarazada, no se quedó callada y contraatacó rebatiendo el punto con el que su colega acababa de disculparse.

–El fuero maternal que tenemos las dos es una excelente oportunidad para tomar el riesgo y exponer los maltratos de la jefatura –expuso apasionadamente Compañera Pamela, pero esto no fue suficiente para convencer a la segunda al mando en Desarrollo Organizacional.

Y un par de días más tarde, Compañera Cristina también comenzó a expresar sus inquietudes.

–¿Y no será que le estamos poniendo mucho? –comentó en voz alta durante uno de los almuerzos.

–No sé, Cristina… ¿Estabas exagerando cuando saliste llorando de la reunión con Berta?–disparó Pamela implacable, sin pestañar siquiera.

Es que con cada día que pasaba, la dinámica de las reuniones se volvía cada vez más insoportable y para hacer las cosas aún más difíciles, el cumpleaños de nuestra querida jefa era el viernes de esa misma semana. ¡Ay, mi pobre cabecita!

A diferencia del año pasado, cuando teníamos la energía y la inocencia (ignorancia) de nuestro lado,  los ánimos del equipo para la celebración 2017 no estaban para los globitos, regalos y el desayuno o almuerzo que ameritaba la ocasión. En lo que a mí se refería, me negaba rotundamente a organizar una fiesta cuya “piñata” tenía como fin matar a la cumpleañera en la próxima reunión de equipo.

–¿Y si al menos le compramos un regalito?– sugirió Pony motivada por su dulce corazón de arcoíris que se esmeraba en ablandar el mío sin mucho éxito.

–No, no y no – exclamé fuerte, haciendo pucheros.

–Pero, Laura, tal vez no sea tan mala idea. Piensa que si no organizamos cumpleaños y tampoco le compramos un regalo, se va a notar demasiado nuestro rechazo y eso podría jugarnos en contra– argumentó Pamela y yo no pude más que encontrarle toda la razón. Fue tanto así, que en un acto masoquista me ofrecí a comprar el dichoso regalo con la condición de que fuéramos todas a entregárselo. Y así lo hicimos.

–¡Feliz cumpleaaaaañooooos, Berta!–exclamamos fuerte y con sonrisa tirante al entrar a la oficina de la jefa en un saludo que más parecía el grito de un batallón que abandona las trincheras para entregarse a las balas.

–Ay, gracias, mis niñaaaaas, tan divi…–dijo la doña emocionada hasta que se dio cuenta que los globitos y el regalo que adornaban su escritorio no eran de nuestra parte, sino de otra jefatura que le había preparado estos detalles  temprano en la mañana.

–Nuestro regalo…–dije yo, depositando en sus manos  un paquetito que mágicamente pasó de contener un lindo collar de piedras y confección artesanal a un montón de caca, hedionda y sin valor alguna para la festejada. O al menos, así se sintió por la mirada de amor que me lanzó cuando se lo entregué.

Con la cara desfigurada, Berta recibió de muy mala gana nuestros besos de festejo. Fue tanto así  que solo nos limitamos a compartir un par de frases de buena crianza con la cumpleañera y partimos hechas un peo a la oficina, donde comentamos el hecho apenas cerramos la puerta.

–Qué miedo… –dijo Pony, mientras se empinaba un shot de agua del Carmen.

–¿Cierto? – afirmé yo, mientras me hacía uno para mí.

–¡Qué fuerte que uno nunca logre acostumbrarse a sus caras de bruja! –exclamó Pamela sorprendida.

–¡Hola chicas! ¿cómo están? – saludó una voz que no pudimos descifrar de dónde venía hasta que nos miramos los pies.

¡Juan Pablo Gominolla! Sin que nos diéramos cuenta, el pequeño Gerente General de Recursos Humanos había ingresado a nuestra oficina y le sonreía a un grupo de mujeres que había perdido los colores de la pura sorpresa.

–Hola Juan Pablo, ¿cómo estás? – le preguntó Clarita al líder del área, quien respondió muy cordial al saludo y se dirigió a una de las mesas presentes en la sala para posarse sobre ella. La tarea no fue nada fácil para le petit patron, quien logró sentarse solo después del tercer salto. El alegre movimiento de sus patitas colgando del inmueble nos hizo pensar que el hombre estaba de buen humor.

–Chicas, chicas, como ya saben, Berta está de cumpleaños. ¿Qué les parece si le compramos una tortita para celebrar?

El silencio se apoderó de la sala, así como la tensión que existía entre nosotras. Sin embargo, Gominolla continuó con su idea, como si nada pasara.

–Si una de ustedes me acompaña, podemos ir al supermercado que queda aquí cerca y comprar algunas cosas…

Y nada. Incapaces de pronunciar palabra, se escucharon algunos “humm” en el aire, como mucho. El gerente de escasos centímetros, pero abundante en ideas, se cansó de esperar a que reaccionáramos y se dirigió a Pamela, preguntándole directamente sobre su propuesta.

–Eh, bueno, podría ser…– le respondió nerviosa la chica y Gominolla sonrió triunfante al ver que ya se armaba la fiesta. Y yo, que me encontraba muy cerca de los dos, herví de rabia ante la escena. En segundos, recordé nuestras agotadoras reuniones sobre Berta y también vi el cínico cumpleaños que se nos venía encima. Maltratos, gritos, malas caras, domingos sin dormir, horas extras sin pagar…todo eso se vino a mi cabeza, sin poder contenerlo.

Mi corazón estaba a mil por hora, ansioso por la oportunidad que tenía enfrente, también cansado por tantas horas hablando sobre Berta sin hacer nada al respecto. Tragué saliva y me transformé en William Wallace, decidida a poner en acción su épico discurso de “los enemigos pueden quitarnos la vida, ¡pero jamás  la libertad!”.

–NO… –exclamé fuerte y claro frente al grupo.

–¿Cómo? –preguntó Gominolla, sin dejar de sonreír. El hombrecillo ahora se giraba hacia mí para poder escuchar.

–Que NO sería coherente celebrar, ya que las cosas con Berta NO están para eso. –dije como pude porque los nervios me tenían trabada las neuronas como para poder usar palabras más rimbombantes.

Gominolla dejó de sonreír, pero no perdió la calma. Llevó su mirada al techo, seguramente en un gesto para recordar alguna de las lecciones de “líderes 2.0” que había tomado alguna vez y volvió hacía mí, junto con su sonrisa.

–¿Pero por qué dices eso, Laura?– preguntó tan sorprendido como su actuación se lo permitió.

–Porque es así, Juan Pablo. Estamos cansadas de los maltratos, no podemos celebrar en esas condiciones – repetí enojada, mientras miraba con angustia a Pamela quien, para mi fortuna, captó el mensaje inmediatamente y tomó el relevo.

–Tal como indica Laura, necesitamos tener una conversación seria con Berta sobre ciertos asuntos que nos están afectando como equipo. Y es por esa misma razón que decidimos no festejar su cumpleaños. Para no demorar más este asunto, pensábamos reunirnos con ella dentro de los próximos días.– le indicó Pamela a chiquitín cacú que no dejaba de tocarse la barbilla en tono reflexivo.

–Ya veo, ya veo–dijo Gominolla finalmente.– No saben cuánto les agradezco su sinceridad y de verdad, pueden contar con mi apoyo y discreción en este asunto. La conversación que acabamos de tener no saldrá de estas cuatro paredes, así que espero que puedan arreglar sus problemas con Berta lo antes posible– sentenció el pequeñín, dando un gran salto hacia el suelo para luego retirarse, sin dejar de despedirse y…sonreír.

Cuando por fin estuvimos solas, nos reímos de los puros nervios.

–¡Oh, va a quedar la grande!– dijo Pony, chasqueando los dedos, y todas asentimos con bromas varias que solo buscaban atrasar la tormenta que se nos venía encima por lo que acababa de suceder. Especialmente a mí, claro está, que había abierto la bocota.

Por su parte, Juan Pablo Gominolla apuró el paso hacia la oficina de Berta, tirándose de guata al piso como pingüino sobre hielo. Abrió la puerta sin tocar y muñeca brava no tuvo más opción que perder su partida de Candy Crush en el celular.

–Berta, te aviso ahora mismo que tienes un motín en el equipo. Despide a quien estimes necesario– exclamó el enano que tardó menos de 5 minutos en romper su pacto de confidencialidad con el equipo. De esto nos enteraríamos después, gracias a las fuentes que Pony tenía con la red de secretarias de la compañía.

Nuestra suerte ya estaba echada y ya no había más que afrontar las consecuencias. Como diría William: “¡¡¡Libertaaaaaaaaddd!!!”