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La misma mierda con distintas moscas – Maldita Jefa

“Pícala, pícala”, me repetía una y otra vez mientras salía de la oficina de Berta. Como esos niños que tocan el timbre y salen disparados, jadeantes y felices ante su pequeño acto de rebeldía. Fue así como llegué toda chascona al centro de operaciones llamado oficina para contar la peripecia recién vivida.

–¡Cabras, tengo una buena que contarles!¡Pa’ chuparse los dedos! –exclamé a la manada que en menos de dos minutos se convocó alrededor mío para disfrutar de un ritual cada vez más común entre nosotras. Con las mangas arremangadas y rebosante de pasión, comencé mi relato de la manera más elegante que las emociones me permitieron: “¡¡La muy vaca quería hacerme trabajar un domingo…y gratiiiiiis!!”.

Consternación, incredulidad, rabia. Mis compañeras no pudieron contener sus comentarios, hablando al unísono entre risas y gestos varios que no reproduciré aquí.

–¿Y no se le ocurrió pedirte un berlín también? –disparó Pamela y todas nos reímos de buena gana.

–Ay, fresca, y con un cafecito, ojalá, para no atorarse con la masa frita –rematé con el tonito cantado que ya me sabía de memoria. Después de eso, dimos rienda suelta al más puro pelambre que, la verdad, mucho no tenía que ver con lo ocurrido. Sin embargo, ¿qué le vamos a hacer? Cuando tienes a un equipo de mujeres cansadas con estupideces de jefatura, este tipo de desahogos son el bálsamo de cada día. Y si usted es jefa, OJO ahí. Sí, eso es lo que realmente pasa a sus espaldas.

–Bueno, bueno-exclamé entre risas para terminar el relato–. Lo mejor fue la cara que puso Berta cuando reafirmé que gratis no trabajaría, “a pesar de todo lo que había hecho por mí”.

–Pero, Laura, ¿a qué cara te refieres? – preguntó ingenua Clarita Godoy, Coordinadora Senior de Desarrollo Organizacional.

–¡Ay, esa, po’ Clarita! –respondí yo, como si fuera lo más obvio del mundo. Y le hice la dichosa mueca.

–Humm, es que no entiendo–dijo la compañera con cara de mosca muerta.

–¡Esa que pone Berta cuando abre las aletas de la nariz como si estuviera oliendo caca! –expresé detalladamente, junto con una mímica que ya no daba lugar a equivocaciones.

–No sé, no sé…–sentenció Clarita en un tono que se fue apagando con una tibia sonrisa.

Y con ese último comentario, también se fue apagando el resto, algo que no está mal si se considera que al trabajo se va a trabajar.

–Oye, Laura-murmuró Pamela mientras hacía contacto visual conmigo. –Cuidado con Clarita. ¡No vaya a ser la soplona de muñeca brava!

¡Nooooo! En segundos sentí el ice bucket de la torpeza en todo mi cuerpo y rememoré todas las ocasiones en que había hablado más de la cuenta frente a ella. Como esa vez que imité el reptiliano caminar de Berta o esa otra tarde en que estaba tan enojada con la jefa que la describí con todos los garabatos que me sabía.

–Chuuuu…–atiné a decir antes de que Magdalena del área Prensa me pescara de un brazo y me llevara a la reunión semanal de Comunicaciones y Marketing. Bueno, ya llegaría el momento para auto flagelarse con un necesario análisis de las metidas de pata.

¡Uf, vaya que me esperaba una reunión larga! Doce personas sentadas en una larga mesa debían reportar sobre su trabajo y las novedades que traía la semana que se iniciaba. Algo necesario, por supuesto, pero un tanto agotador cuando eres la única de Comunicaciones Internas y todos los demás hablan de temas que no te corresponden. Sin embargo, hoy las noticias estaban bastante sabrosas y tomar atención no era para nada difícil. El clímax llegó con el turno de Valentina Pérez, la directora del área.

–Seguramente muchos de ustedes ya saben sobre el nuevo nombramiento del nuevo Gerente General de Recursos Humanos, pero volveré a tocar el tema para esta reunión. José Miguel Ilaketecuelga ayer entregó el cargo para dedicarse plenamente a sus funciones como Executive Vice President , Chief Financial Officer (CFO) y…

“…la que te parió”, estuve tentada a terminar la frase, pero me aguanté por mi bien laboral.

–Y Corporate Human Resources para el área andina de nuestra gran corporación – subrayó Valentina–. Desde hoy, Juan Pablo Gominolla liderará Recursos Humanos. Laura, lo más seguro es que Berta ya te haya pedido un comunicado para informar a toda la empresa, ¿verdad?

–¿Ah? Sí, sí, claro,… –tartamudeé para que no se notara que mi jefa nunca nos ponía al tanto de lo que pasaba en el área–. Lo iba a preparar más tarde…

–Qué bien. Si necesitas apoyo, me avisas–dijo Valentina para dar por finalizado el tópico y continuar con el resto de las materias.

Y desde ese momento, el silencio se apoderó de mi mente. El todo y el nada. Ese instante en que tu vista se nubla y la conciencia se va volando lejos para viajar por el tiempo y el espacio. Las voces a mi alrededor se apagaron y me quedé como idiota sonriendo, mirando a la nada. La profunda reflexión por la que pasaba se podría definir más o menos así.

“Dos más dos es cuatro, el cielo es azul y Juan Pablo Gominolla ahora es Gerente General de Recursos Humanos. Humm, entonces no le quitó el puesto a Berta…humm, entonces, ahora está por encima de Berta…humm, ¿y qué hace ella con los hombres que tienen poder…?”

–¡¡PUAAAAAAJ!! –tosí bruscamente y el café que pasaba por mi garganta salió disparado con fuerza de un guanaco. Mientras levantaba los brazos para recuperar el aliento, los minions que habitaban mi cabeza corrían aterrorizados de un lado para otro y yo no dejaba de maldecir mi suerte. ¡Había llegado el momento!¡Tenía que hablar con Juan Pablo Gominolla y tenía que hacerlo rápido antes que la velociraptor se me adelantara!

–Disculpen todos. Creo que necesito tomar un poco de aire. Voy y vuelvo– dije y, obviamente, todos me dieron su bendición para abandonar la sala.

Sin perder tiempo, me dirigí rauda a la oficina de Gominolla. Y con cada paso, repasé los puntos importantes que deben considerarse para este tipo de encuentro: mantenerse calmada, no hablar desde las emociones y solo de hechos concretos, con fecha y hora si era posible. Ejemplos me sobraban para hacer la denuncia, pero solo me remitiría a hablar por mí y de manera muy general sobre cómo Berta afectaba al grupo.

Doblé en la esquina y caminé derecho por el pasillo que daba a la puerta de Gominolla y…¡aahh, maldición! Llegó fuerte y claro a mis oídos ese horrible sonsonete con un “¡ay, pero qué divino eres!”.

Así es. Berta ya me había ganado “el quién vive”. Con sus manos apoyadas en los hombros de Juan Pablo Gominolla, la doña le sobaba las pechugas plásticas al enano que, a su vez, fingía estar muy concentrado en la pantalla del laptop que tenía enfrente. A pesar sus esfuerzos, las patitas que se balanceaban animosamente por debajo del escritorio lo delataban con descaro.

–Hola, Laura. ¿Cómo estás?¿Qué te trae por aquí? –saludó animosamente el súper jefe.

–¿Qué quieres? – ladró Berta. A pesar de sus esfuerzos, esta vez no logró invocar sus súper poderes de transformer conmigo.

–Yo…venía por lo del comunicado, por el nuevo cargo de Juan Pablo. No sabía…

–¡Ya les iba a contaaaaar!- vociferó la doña con rudeza. Miré a Gominolla en busca de apoyo, pero él tenía puesta su atención en otras dos cosas que lo hacían gozar como un lactante.

–Eh, bueno, felicitaciones, Juan Pablo–dije resignada, aún sabiendo que para el enano el nombramiento no era ninguna sorpresa.

–Graaaaaciaaaass–alcancé a escuchar antes de que el hombrecillo se perdiera inexorablemente en las pechugas, y en la dictadura, de Berta.

Maldito destino.

 
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