Esto queda entre nosotras – Maldita Jefa

Uno de mis propósitos de Año Nuevo se ponía a prueba en menos de tres horas de haber comenzado la jornada laboral. Por eso, respiré hondo y tomé el lápiz para escribir discretamente en una esquina de mi cuaderno de apuntes: “Nadie ni nada puede hacerme sentir inferior”. Después de leer la frase, sonreí al sentirme mejor. Es verdad, el fin de semana largo había hecho lo suyo, dejándome con una actitud absurdamente positiva sobre el futuro. Confieso que solo quería pensar en cosas bonitas.

–¡Ay, Laura! ¿Tú no me dijiste una vez que estabas peleada con tu marido?¿Qué te ibas a separar?

–¿Qué? No, no, Berta. Hace meses te comenté que estábamos pasando un situación financiera un tanto apretada, pero solo eso. Todo está bien con mi marido.

– Aahhh, pues me alegro, sí, sí. Porque yo me estoy separando, tú sabes. Es que yo me muero sin mi Mauricio, pero cuando las cosas…no resultan…es la vida… el caminar de cada uno – me explicaba la doña con lo que le daba su disco duro para hablar y chatear por whatsapp al mismo tiempo. La jefa siguió absorta en su teléfono , momento que yo aproveché para apurar un sorbo de café y así ahogar las ganas de rebatir semejante disparate. ¿Engañas a tu pareja, pero te mueres sin él? Supongo que en esta vida todo es posible, pero ese tipo de incoherencias solo las había visto en las teleseries. En fin, por la salud mental de ambas, creí que lo mejor era cambiar de tema.

– Berta, dime…¿cómo pasaste el Año Nuevo?

– Con mi marido.

– Pero, eh, ¿no se están separando?

–Sí, y le pedí que se fuera de la casa hace dos semanas. ¡Ay, qué calvario! Mis suegros todavía no están enterados de nuestra situación, así que ambos decidimos que era mejor mantener las apariencias y pasarla juntos.

No cabía duda, gracias a Berta mi capacidad de asombro siempre estaba siendo estimulada. Me acerqué la taza  para acabarme el café y no decir ni pío sobre lo comentado. Por unos segundos imaginé esa incómoda reunión familiar de paz y amor, y unos escalofríos, que el café no supo esconder, recorrieron mi espalda. Sin embargo, tampoco quise juzgar tanto a la jefa. ¿Quién sabe si yo haría algo parecido en una situación como esa? Lo que sea, ya era hora de cambiar de tema nuevamente, pero admito que hacerlo ya me daba un poco de miedo. Afortunadamente fue Berta la que sugirió comenzar a revisar la agenda de la semana, así que nos pusimos manos a la obra con eso. Diría que todo transcurrió con bastante fluidez hasta que Clarita salió al baile.

–¡Ah, Clarita! – dijo Berta en un suspiro . – ¡Cuánta falta me va a hacer!

–Eh, sí, bueno¡ a todas! Pero todavía faltan como…cuatro meses para que ella se vaya de prena…

–¡Ay, pero si el tiempo vuela, Laura, vuelaaaa! – me interrumpió muñeca brava llevándose las manos a las sienes en una repentina mueca de dolor y desgracia. –¿Puedes llamar a Constanza y a Cristina? Necesito hablar con ustedes tres.

Esto se ponía cada vez más raro porque las reuniones espontáneas de equipo no eran parte del método Bertiano que se estilaba en nuestra oficina. Dada la orden, la doña me reemplazó otra vez por su chat de whatsapp, sin siquiera levantar la vista del aparato, mientras hacía un gesto con la mano para que fuera apurando el paso. Por supuesto, eso de levantar el teléfono y llamar a mis compañeras no estaba en sus planes.

–Berta, disculpa, parece que Clarita y Pamela están juntas en una reunión, ahora…– comenté antes de salir de la oficina.

–Lo sé, lo sé. Apúrate por favor. –reiteró la jefa al mismo tiempo que mandaba un emoticon de corazón por el celular. Para su mala suerte, los lentes que en ocasiones usaba reflejaban todo por el cristal.

Así que rápidamente me dirigí al cuartel central para transmitir el mensaje que se me había encomendado. En un chispazo de creatividad, se me ocurrió entrar de puntillas a la sala y ponerme detrás del asiento de Cony, alias “Pony”, quien revisaba su cuenta de Facebook en esos momentos. Tomé aire, me sintonicé con el tono cantadito y tiré la bomba.

–¡¡¡Ay!!!!¿Eso que estás mirando no es Faaaaaceboook? –exclamé en una interpretación digna del Oscar y que casi deja a la pequeña asistente pegada en el techo. ¡Cuánta maldad! Recibí los cuadernazos de Pony de buena gana por el susto que le había provocado, mientras me agarraba la guata de la risa. Cristina, la nueva del grupo, miraba divertida la escena y cuando le dije que Berta nos esperaba, ni se inmutó. ¡Ah, la inocencia del recién llegado!

En fila india fuimos las hormiguitas, muy calladas, donde la jefecita. Cuando llegamos, la misma Berta fue la que nos abrió la puerta, invitándonos a sentarnos donde… pudiéramos porque solo habían dos sillas para visitas y, según ella, no había tiempo para ir a buscar una tercera.

–Laura, ponte por ahí…¡Si ya estuviste sentada tanto rato!– me pseudo-ordenó la doña. ¡Esta mujer irradiaba encanto con cada respiro que daba!

Con gran solemnidad, Berta tomó asiento. Sin dejar de mirarnos fijamente, cerró intempestivamente el notebook que tenía frente a ella y una micro expresión de frustración se coló por sus labios enmohecidos, gesto que interpreté como una clara señal de su olvido en grabar una partida de Candy- Crush antes de cerrar el equipo. Sin embargo, estas exageraciones reptilianas todavía estaban dentro de los patrones de costumbre, así que nadie se sorprendió mucho con al escena. O al menos fue así hasta el momento en que la doña dejó su celular con la pantalla hacia abajo. ¿Ah, cómo?¿No habría whatsapp esta vez? Fue entonces cuando tragué saliva.

–Chicas, muchas gracias por acudir a mi llamado. Las he convocado aquí por un asunto muy importante…

Con las palabras de Berta, no pude evitar sentirme como un pokemón a merced de lo que quisiera su entrenador.

–Como ustedes seguro ya han percibido, se nos vienen tiempos difíciles para nuestro equipo–exclamó Berta y todas nos miramos con angustia. –¡Ay, son las pruebas del Señor que aparecen en nuestro camino! – continuó la jefa en un gemido, mientras golpeaba su pecho de silicona y levantaba la vista a los cielos celestiales de plumavit que estaban sobre nuestras cabezas.

¿Despidos?¿Reducción de sueldos?¿Traslados? Cristina, Pony y yo ni respirábamos pensando en los peores panoramas.

–¿Pueden creerlo?¡La mitad del equipo embarazado! ¡Qué cruz, qué castigo, niño Jesús! –vomitó finalmente la doña.

Y después de eso, el tiempo aproximado que le tomó asimilar a nuestros tres cerebros lo que acababa de decir generó al menos un minuto de silencio  . Aunque las oraciones habían sido bastante sencillas, no lográbamos computar las palabras “embarazo” y “castigo” juntas. Disimular nuestra incredulidad fue imposible y Berta se dio cuenta.

–¡Ay, niñas! No me mal interpreten. Los niños son una bendición, ¡una bendición! Pero sin Clarita y Pamela, …–Berta se agarró la cabeza en un claro gesto de empoderamiento en decadencia. –¡¡No sé que vamos a hacer!!

Casi al unísono, todas desviamos la vista para no darle la cara a la jefa. Podrán comprender que esto lo hicimos no para disimular las lágrimas de emoción por la confianza depositada, sino por la vergüenza que sentimos en ese momento. Para colmo, Berta seguía defendiendo su posición quejándose del mal momento que habían escogido las colegas para traer niños al mundo…¡ahora que se venían dos proyectos estratégicos para su área!

–¡Y todos saben que las mujeres embarazadas tienen que ir a controles médicos a cada rato! Pamela ya lleva como dos semanas llegando tarde por las nauseas que la afectan por la mañana. ¿A ustedes les ha comentado algo?¿Será verdad? –preguntó la jefa.

Por unos segundos, yo fui la que miré fijamente a Berta y me pregunté seriamente si era mujer.

Cuando creí que ya lo habíamos escuchado todo, Berta remató con la advertencia que toda jefe que se considere digna del linaje reptiliano, debe hacer a sus subordinados. Solo llevábamos 15 minutos en esa habitación, pero eso había bastado para dejar en evidencia la clara falta de madurez de nuestra superiora, además de sus prejuicios al discriminar a dos chicas del equipo por su embarazo. Por eso mismo, la reunión no podía darse por concluida con la letra chica que ella estaba por compartinos.

–Les cuento todo esto porque son mi equipo y debemos estar juntas en esto. Es mi confianza la que les estoy entregando y me sentiría muy dolida, muy apenada…– y ahí hizo una pausa larga y pesada. – Me sentiría completamente traicionada si me enterara que lo dicho aquí ha salido de estas cuatro paredes– sentenció con su lengua bífida asomándose entre sus dientes.

Traer un niño al mundo no es fácil y, por lo mismo, creo que una futura madre debería sentirse acogida y acompañada durante todo su embarazo, especialmente si este debe vivirlo  dentro  de su lugar de trabajo. Darme cuenta de lo que les esperaba a mis compañeras me dejó bastante deprimida, pero no tanto como para caer en las amenazas de Berta y no advertirlas sobre lo que se venía. Sin embargo, ¡qué triste sería comunicar eso!. Ya sabía yo que, por mucho que escogiera mis palabras, no podría evitar poner nerviosas a las futuras madres.

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