El lado humano de los jefes – Maldita Jefa

Ojalá Berta fuera mala, mala todo el tiempo, “mala de adentro” como dicen por ahí para que odiarla fuera más fácil. Sin embargo, y en honor a la verdad, también debo hacer mención a su fugaz amabilidad y a sus inesperadas palabras de aliento que aparecían cuando menos lo esperabas. A veces incluso decía “por favor” y “gracias”, te describía de acuerdo a tu signo zodiacal y te hacía un regalo para el cumpleaños. Todos esos gestos que la gente tanto celebra como el lado humano de los jefes.

–¡Háganles saber quién manda!¡No permitan que les pasen por encimaaaaa! – nos decía la jefa cada vez que sabía de un “pero” para nuestros proyectos del área. Podía tratarse de un simple comentario de un colaborador externo o de otro equipo, pero Berta se lo tomaba como la más dura de las afrentas. Aleteaba los brazos mientras daba vueltas alrededor de nuestros puestos para rematar casi siempre con un cantadito y enfático :“Si les siguen poniendo problemas, avísenme y hablo enseguida con José Migueeeeel, ¿o que o qué?”. Ante tanta ternura, ¿a quién no se le ablanda un poco el corazón?

Ya se cumplía un mes desde la cálida salida de Julián y como los ánimos en la oficina no eran los mejores, Berta consideró que ya era momento de desempolvar ese concepto que los libros de coaching denominan como “liderazgo positivo”. Para esas fechas, ya era obvio que todas en su equipo, porque hombres ya no quedaban, éramos más parecidas a corderos en el matadero que empleadas y esa actitud ya estaba sonando fuerte en otras áreas, algo que incluso podía llegar a oídos de José Miguel. Por eso, y para demostrarnos que sí podía sonreír, Berta nos propuso salir a almorzar para celebrar la llegada de Pamela Sánchez, el reemplazo de Julián, quien recién había llegado a ocupar el puesto.

– Yo invito el caféééé. – dijo la jefa para cerrar la invitación, en un gesto que seguramente desangraría sus arcas mensuales.

Admito que soy glotona, así que la idea de comer afuera me subió inmediatamente el ánimo. Pony también estaba contenta con la salida y Pamela se veía muy feliz con el panorama. Sin embargo, no pude evitar notar que Clarita Godoy, Coordinadora Senior de Desarrollo Organizacional y la única que lograba reunir dos años en la empresa, no estaba tan entusiasmada como el resto. Ella, que venía trabajando más tiempo con Berta que todas nosotras, contaba ya con varios almuerzo en compañía de muñeca brava y eso se le notaba en el ceño que no dejaba de fruncir, a pesar de la sonrisa que trataba de hacer. Clarita sabía lo que se avecinaba, pero no dijo nada.

Llegamos muy contentas al local a eso de las 13:30 horas. Era un fino restaurante especializado en comida italiana y las pizzas a la piedra se veían maravillosas.

–¿Y si pedimos una o dos pizza para compartir entre todas? – propuse animada por la buena onda del momento.

–¡Qué buena idea, Laura! Pero sin ponerle carne, pollo, tocino, pepperoni o crema porque son venenos para el cuerpo. Me pregunto si aquí tendrán queso bajo en grasas… – cuestionó la jefa mientras nosotras comenzamos a preguntarnos porqué estábamos ahí.

Al final, pedimos una individual para cada una, cosa que no le gustó mucho a la señora. Para relajar los ánimos, comenzamos a explicarle a la chica nueva que hacía cada una. Cuando llegó mi turno, le hablé de mis funciones y del equipo de Marketing con el que trabajaba a menudo. Pamela me comentó que justamente le habían presentado a Verónica, una de las chicas que trabajaba ahí en Diseño.

– Ah, esa cabra es increíble. Te va a encantar, ¡es una pesada! –comenté con el tono más jovial, más divertido que logré sacar. Lo juro.

–¿Verónica?¿Cierto que es una insoportable? Yo le he dicho a José Migueeeel que la saque, que no me gusta nada. ¡Esas miradas que te lanza, tan irrespetuosa! – confesó Berta de la nada, enojada con la vida, con la ensalada-pizza que se estaba comiendo y claramente, con Verónica.

El silencio se hizo presente como una brisa helada que pasó por nuestra mesa. En ese punto, las pizzas ya sabían más a plumavit que a queso.

– Lo de Verónica era en broma– dije en apenas en un murmullo, haciéndome cada vez más pequeña en mi asiento.

Clarita salió al rescate y cambió rápidamente de tema, preguntándole a Pamela sobre sus metas. Con tal gracia lo hizo que Berta se entusiasmó inmediatamente, como si de un perrito se tratara y le hubieran tirado un hueso.

–¿De verdad?¿No les aburre que cuente este tipo de cosas? – preguntó Pamela.

–¡Para naaada, linda! – interrumpió Berta, dejando relucir un encantador pedazo de perejil en unos de sus dientes. Y yo, que ya había decidido no hablar más en el almuerzo, casi estallo en risa. Rápidamente le pedí a Pony un pañuelo para ocultar las lágrimas que se asomaban por mis ojos. – Es la alergia – expresé como disculpa, mientras me limpiaba la cara. Según mi compañera, la treta funcionó.

– De verdad, para mí es muy importante seguir creciendo profesionalmente. Estoy muy interesada en aprender todo sobre capacitación– dijo Pamela y la sonrisa con perejil de Berta se lució como nunca al escuchar estas palabras.

– Como toda una profesional – recalcó la superiora para que el mensaje llegara fuerte y claro al resto.

– Pero los hijos también son importantes para mí. Con mi esposo al menos queremos tener tres – confesó la nueva del grupo con ese brillo que suelen tener las personas que hablan de sus sueños, pero que el reino bertiano sonaba más como un pésame.

–¡¡NooooOOoooOOOoo!! – se escuchó fuerte en el restaurante. Con nuestros ojos de huevo frito por el susto, vimos volar de la boca de Berta el bendito perejil  y un vaso se derramó por el mantel debido al golpe que la doña le dio a la mesa. Un mesero, alarmado por el rugido, se acercó rápidamente para ver si estaba todo bien.

–Sí, por supuesto. Es que me atoré con un pedazo de rúcula y reaccioné con susto. Me da pánico ahogarme – se disculpó Berta. El grupo rió nervioso, sin creerle una palabra. –¿Qué les parece si pedimos la cuenta? – preguntó, sin preguntar la jefa, haciendo el gesto para que se la trajeran. ¡Pucha, y yo que estaba apunto de pedir mi expresso!

Y así terminamos el almuerzo y nos fuimos derechito a la oficina. Clarita nos hizo el favor y apuró el paso para caminar junto a Berta y así entretenerla con asuntos de oficina, mientras el resto se recuperaba. La jefa lo agradeció y apenas pudo, disparó con todo para referirse a un tal Juan Pablo no sé qué, un nuevo subgerente de Recursos Humanos que “no le gustaba nada, nada”. ¿Cómo?¿Un hombre con plata, rondando los 50, que no llamaba la atención de Berta?¿Será éste el anuncio de un nuevo reinado y Berta la loca no está incluida en la fiesta? Admito que la esperanza de que así fuera hizo latir más rápido mi estresado corazón.

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