El diablo está en los detalles – Maldita Jefa

“¿Así que te gusta el tarot? A mí también, lo adoro, me encanta”, dijo ella con un tono demasiado exagerado, hasta orgásmico, para unas simples cartas, pero le resté importancia. Es que en esos momentos estaba tan contenta de haber encontrado trabajo, que eran pocas las cosas que me podían sacar de mi estado hakuna-matata. Después de meses como incondicional seguidora de quien sabe cuánto portal de empleos, ahí estaba, por fin, sentada en un restaurant con la que sería mi nueva jefa. Ya había firmado mi carta de compromiso, era jueves y comenzaba el lunes. Todo era felicidad y ponis rosados a mi alrededor.

–Si supieras a cuántos periodistas entrevistamos antes de dar contigo- subrayó Berta mientras machacaba unas hojas de lechuga entre sus dientes –.Estoy taaaaaan feliz – subrayó de nuevo, con ese tono medio llorón que ya había escuchado antes.

– Y eso que hay tanto periodista en el mercado – respondí yo, boicoteándome como me encanta hacerlo cuando estoy nerviosa.

– Ay sí, mi Laura, pero nadie cómo tú. Vas a hacer un trabajo di-vi-no – expresó cantadito, así como lo hacen en Centroamérica.

Dulces palabras para mi ego, el que se infló como un globito, tanto que dejó sin espacio a todas esas alarmas que te dicen: “cuidado”, “ojo”, “eso no” y que tan sabiamente nos tratan de proteger. En esos momentos, solo quería sonreír porque había encontrado trabajo y más encima iba a tener a una jefa simpática, amable y positiva, como rara vez ocurre. Sin darme cuenta, comencé a pensar en sus gustos de lectura, en sus pasatiempos. ¿Quién sabe? Quizás, hasta podríamos ser amigas.

– Como te mencioné antes, la chica que vas a reemplazar no duró más de tres meses en el puesto. ¡Pobrecita ella, si apenas sabía escribir! La despedí ayer y menos mal no me hizo un escándalo en la oficina – enfatizó y asesinó otra hoja de lechuga.

–¿Re-recién ayer? – tartamudeé.

– Ay, sí, pero bueno, es el caminar de cada uno. Ya tú sab…-dijo hasta que la interrumpió un mesero para retirar los platos. A ese tipo también lo asesinó, pero con la mirada.

Claramente, lo último fue un llamado de atención que no pude ignorar, pero que no tuvo la suficiente fuerza para que dejara de bailar con Heidi y las cabritas en lo alto de mis fantasías. Todavía estaba demasiado distraída para notar que una maldita jefa no da puntada sin hilo y que cuando ella te cuenta ese tipo de cosas, sólo te está adelantando lo que después le podría pasar a uno si no se comporta como debe. Sin embargo, nuevamente lo dejé pasar junto con un sorbo de bebida que me pareció, debo confesar, un poquito amargo.

– Tu área tiene más de cinco años en la empresa, pero no hemos logrado consolidarla. Han pasado muchos por el puesto. Por eso es tan importante que estés acá.

– Claro, puedes contar conmigo – contesté segura.

– Gracias, linda. Tu compromiso es fundamental. ¡No puedes fallarme!

– No, obvio que no…– respondí, ya no tan segura.

Y, ¡zas!, llegó el cachetazo final. Ese que espantó a Heidi, a sus cabritas y claro, también mató a todos los ponis. Eso que pensé que era demasiado descarado para siquiera expresarlo en una reunión de trabajo y más aún en la primera. Pero la muy fresca lo dijo sin pensárselo dos veces.

– Tú sabes que no te puedes embarazar en al menos un año, ojalá dos. ¿Es qué hago yo si me dejas? – me dijo dramática– Lo que estoy haciendo contigo es una gran apuesta, necesito resultados. ¿Me entiendes, o qué?¿o qué?

¿Y que le contesta la muy mensa, atormentada por la ansiedad de haber estado cesante por meses y que se le puede ir todo al carajo si le contesta a la nueva jefa como debe ser?

– Sí, claro, obvio. Por el bien del proyecto…

Hay un dicho que dice que “el diablo está en los detalles”, haciendo referencia a que son las pequeñas cosas las que pueden marcar la diferencia. Desde ese día, recuerdo que seguí este refrán de manera literal: las malditas jefas (y jefes) vienen en distintos tamaños y colores, disfrazados de sonrisas y cordialidad, pero basta con tener las antenas un poco sintonizadas para que los detalles revelen al demonio que se tiene enfrente, dispuesto a comerte con todo y papas fritas ante el menor descuido.

Por supuesto, ningún superior puede poner condiciones al derecho que las mujeres tenemos sobre nuestra maternidad. Las malditas jefas lo saben, pero curiosamente lo olvidan cuando se trata de su equipo directo.

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