¿Cuántos días te vas a tomar? – Maldita Jefa

Son las 9:20 horas y silenciosa como un ninja llego a mi puesto. Es tarde, bastante tarde, y mi cuerpo lo sabe. Colocar el bolso sobre el escritorio es un avance, pero necesito que el laptop también haga acto de presencia, así que corro hasta mi locker, lo saco de ahí, lo prendo y comienzo a pasar mis dedos por el teclado como lo hacen los gatos, esos de youtube, a los que sientan frente al computador sin tener la más mínima idea de lo que está pasando.

“Ay, buenos días, ¿cómooooo están?”, escucho atrás mío y bendigo mi buena suerte, sin poder voltearme todavía porque se supone que estoy muy ocupada trabajando…en la pantalla de inicio del Outlook. Es la ronda de saludos mañaneros de Berta para demostrarnos su amor y tomar nota de quienes han llegado tarde. Como es habitual, pasa por todos los puestos y me deja para el final, donde siempre hace lo mismo: me mira de pies a cabeza descaradamente (sí, jefa, mis zapatos son los mismos de ayer), me toma por los hombros para acércame a ella, besarme, y luego echarme lejos, ¡como un resorte! Diría que esta costumbre ya me da risa y solo espero que pase rapidito, como pinchazo de penicilina.

Y en eso estaba, “rebotando” del saludo cuando me percaté que Pamela no había llegado a su puesto, algo que creo no había pasado hasta ahora. Para mi mala fortuna, la sorpresa se reflejó demasiado en mi cara y Berta lo notó.

–Ah, Pamela. No está en su puesto – dijo Berta levantando un ceja, mientras yo me empapelaba mentalmente en garabatos por ser tan obvia con la mirada. –Sí, ya me dijo que no venía hoy, le pasó algo a un pariente, parece. –aclaró la doña con la emoción de una monja de convento. Luego de eso, se giró, me dio la espalda y movió los dedos hacia Pony para que la chica se acercara. La pobrecita agachó la cabeza resignada, como esos animalitos que presienten su visita al matadero y se fue detrás de su merced, la que ya galopaba hacia su oficina.

Ahora que ya podía hacerlo con libertad, volví la mirada al puesto de Pamela. ¿Qué le había pasado?¿Estaría bien su familia? Después de terminar algunos pendientes, me refugié en una sala de reuniones y la llamé para saber cómo estaba.

–Es mi tía, Laura. Me llamó en la madrugada porque no se sentía bien, así que con mi marido la llevamos inmediatamente a una clínica. Ahora está internada por neumonía y lograron estabilizarla hace poco.

–¡Menos mal, Pam! ¡Qué bueno que ya pasó lo peor!

–Sí…

Así es, lo peor ya había pasado, su tía estaba mejor, pero Pamela seguía cargando con una pesada mochila que le tenía con los ánimos por el suelo. Es el tormento de quienes pecan de responsables y correctos en el trabajo.

–Apenas pude, traté de contactar a Berta para avisarle sobre esta emergencia, pero no contestaba el teléfono…¡y tú sabes cómo se pone cuando uno no la pone al tanto! Así que no tuve más que explicarle todo por whatsapp. De eso, solo recibí dos mensajes de su parte. Dos preguntas para ser más exacta – me contaba Pamela.

–¿Cuáles? – pregunté con miedo.

“¿Ella es pariente directo?” fue la primera consulta a la que Pamela respondió sinceramente que no lo era.

–Ella es como mi segunda mamá, Laura. Me muero si algo le pasa–me dijo Pamela y estoy segura que las lágrimas asomaron por sus ojos cuando me lo contó.

Y la segunda pregunta fue: “¿Cuántos días te vas a tomar?”, a lo que Pamela atinó a decir que dos. Eso fue todo.

–Ah, sí. Me faltó decir que ella terminó la conversación con un “OK” –aclaró mi compañera que llegó a sentirse la peor empleada del mundo por socorrer a un ser querido con el que no compartía lazos sanguíneos. ¡Rayos!¿Por qué tenía que ser así? Después de un seguir conversando y echar un par de bromas, quedamos con Pamela de volver a conversar al día siguiente para saber cómo estaba todo. Sobre la tía, por su lado, y sobre muñeca brava por el mío.

Las horas pasaron lentas ese día y cuando ya era hora de salir, mi apestoso sentido de la responsabilidad me ordenó que fuera donde Berta para mostrarle un comunicado urgente que me había pedido. Estaba camino al purgatorio cuando escuché su voz, fuerte y clara.

–¡Ah, Pamela querida!¡Me alegro tanto que tu tía esté mejoooor!

Berta, la igualada, tenía una capacidad pulmonar que nunca dejaba de sorprenderme.

–Estaba tan preocupada. Cuando me avisaste por whatsapp, fue tal el shock que apenas pude responderte….Sí, sí, y por favor, si necesitas más días, avísame. Claro, claro, la familia es lo más importante. Chaooooo.

Con varias teleseries en el cuerpo, me parecía muy difícil creer que a la jefa le hubiera bajado la bondad de sopetón, así que esperé callada en mi escondite a que el universo me revelara la verdad de la milanesa, algo por lo que no tuve que esperar demasiado.

–Eso, Berta, muy bien. Cuando ocurran estas cosas, no te molestes por los días libres. Que después los recuperas exigiéndoles tareas extras. –expresó el hombre que luego se puso a reír como si le hubieran contado el mejor de los chistes. – ¿No queremos demandas o malos comentarios sobre Recursos Humanos, verdad?

¡Por supuesto! Los malvados sith siempre vienen en pares y esta no iba ser la excepción. Juan Pablo Gominolla instruía a su aprendiz sobre las oscuras artes empresariales que le permitirían obtener el máximo provecho de sus empleados. ¡Oh no, debo informar al Consejo Jedi y a Pamela lo antes posible!

–¿Quién está ahí? –rugió Berta y con sus patas reptilianas se trasladó rápidamente al pasillo donde me encontraba, sin poder pillarme. Es que ya estaba lejos camino a mi escritorio, pensando seriamente en lo habituales que se estaban volviendo este tipo de situaciones y la razón por la que dejábamos que esta mina nos pisoteara tanto.

 
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