Tú siempre de hueón – Maldita Jefa

A la mañana siguiente desperté con un cansancio horrible, como si hubiera dormido con un pijama de plomo sobre el cuerpo. Si ya me desvelaba con facilidad pensando en el trabajo, ahora sufría las consecuencias de pasar toda la noche sin dormir, reviviendo una y otra vez la pelea del día anterior con mi marido.

“Hola, sí, Berta. Te llamaba para contarte que no me siento muy bien. Preferiría quedarme en cama…”

“Hola, Berta. Parece que me resfrié. Sí, tengo fiebre. Voy a pedir hora al doctor, te aviso cómo me va…”

Cuando ya estaba por inventar la tercera excusa, me di cuenta de la inutilidad del ejercicio mental que estaba haciendo. Me moría de ganas por quedarme en cama, pero por el bien de mi relación conyugal llegué a la conclusión de que lo mejor era salir a trabajar. Sin duda, era lo más inteligente que podía hacer, considerando que estaba peleada con un diseñador que trabajaba desde la casa.

Apagué la alarma del celular y me quedé mirando a Marcelo por largos minutos, un poco hipnotizada por su capacidad para dormir tan profundamente. No sé si será una condición de la adultez, pero lo cierto es que extrañé la juvenil posibilidad de arreglar nuestras diferencias con un fogoso encuentro en la cama. Obviamente, mal no lo íbamos a pasar, pero lo cierto era que ya nos conocíamos demasiado bien como para saber que todo seguiría igual con o sin sexo. Afortunadamente, el origen de nuestras discusiones no se encontraba ahí, sino en eso que ocurría de las puertas para afuera. Supongo que eso era bueno después de todo. Seguir leyendo

Todo menos eso – Maldita Jefa

Cuando estaba por abrir la puerta de mi departamento, por unos instantes sentí las ganas de dar media vuelta y buscar refugio en otro lugar. Y es que el acto de regresar a mi casa, algo que añoraba desde que me subía al ascensor para dirigirme a la pega, lamentablemente se había convertido en una extensión de las penurias que vivía en la oficina. Era un hecho que en esos instantes Berta, mi maldita jefa, se encontraba muy lejos de mí, seguramente de camino a su propio hogar. Sin embargo, y en un gesto muy masoquista de mi parte, insistía en aferrarme a su detestable recuerdo, traerla a mis conversaciones y contaminar lo que considero como más sagrado en la vida: mi marido y mi hogar.
 
De repente me sentí ridícula frente a la puerta, tan sumergida en mis pensamientos, que apuré la llave en la cerradura y me metí de una vez por todas a la casa. Me saqué los zapatos, tiré la cartera sobre el sillón y me dirigí a la cocina por un vaso de agua. De reojo, miré la habitación donde trabajaba Marcelo y noté que seguía sentado trabajando, totalmente absorto en su quehacer. ¿Por qué él sí podía dedicarse a lo que más le gustaba y yo no? ¿Por qué tenía que ser la única con una yegua como jefa? La escena me amargó tanto por dentro que apuré el vaso de agua que tenía en las manos para ahogar la pesadez que estaba a punto de salir por mi boca.

“¿Y por qué diablos no se levanta este hombre para recibirme?”, grité mentalmente, mientras pateaba uno de mis zapatos a modo de reclamo para el consorte que no salía de su cueva. Vaya, es curioso las miles de formas que uno tiene para pedir la atención del otro. Seguir leyendo

Esto queda entre nosotras – Maldita Jefa

Uno de mis propósitos de Año Nuevo se ponía a prueba en menos de tres horas de haber comenzado la jornada laboral. Por eso, respiré hondo y tomé el lápiz para escribir discretamente en una esquina de mi cuaderno de apuntes: “Nadie ni nada puede hacerme sentir inferior”. Después de leer la frase, sonreí al sentirme mejor. Es verdad, el fin de semana largo había hecho lo suyo, dejándome con una actitud absurdamente positiva sobre el futuro. Confieso que solo quería pensar en cosas bonitas.

–¡Ay, Laura! ¿Tú no me dijiste una vez que estabas peleada con tu marido?¿Qué te ibas a separar?

–¿Qué? No, no, Berta. Hace meses te comenté que estábamos pasando un situación financiera un tanto apretada, pero solo eso. Todo está bien con mi marido.

– Aahhh, pues me alegro, sí, sí. Porque yo me estoy separando, tú sabes. Es que yo me muero sin mi Mauricio, pero cuando las cosas…no resultan…es la vida… el caminar de cada uno – me explicaba la doña con lo que le daba su disco duro para hablar y chatear por whatsapp al mismo tiempo. La jefa siguió absorta en su teléfono , momento que yo aproveché para apurar un sorbo de café y así ahogar las ganas de rebatir semejante disparate. ¿Engañas a tu pareja, pero te mueres sin él? Supongo que en esta vida todo es posible, pero ese tipo de incoherencias solo las había visto en las teleseries. En fin, por la salud mental de ambas, creí que lo mejor era cambiar de tema.

– Berta, dime…¿cómo pasaste el Año Nuevo?

– Con mi marido. Seguir leyendo